Lección Magistral

La Lección Magistral en la UPR en Cayey se origina en el año 1987 con la aprobación de la certificación número 32 (1986-87) de la entonces Junta Académica, que establece que :

"El Colegio Universitario de Cayey debiera inaugurar anualmente su curso con un acto académico en el que se reunieran en un lugar propicio el estudiantado y la Facultad, cuerpos que de forma eminente componen nuestra comunidad de estudio. Este acto serviría para reconfirmar nuestra pertenencia a la mejor tradición universitaria de la que formamos parte continua siéndole fiel a los ideales que la definen en su Ley, tales como la transmisión e incremento del saber; el cultivo del amor al conocimiento como vía de libertad, a través de la búsqueda y discusión de la verdad; y el conservar, enriquecer y difundir los valores culturales del pueblo puertorriqueño.

Para lograr lo anterior la Junta Académica del Colegio Universitario de Cayey extenderá anualmente una invitación formal a una figura prominente del país o del exterior, sin excluir a profesores de la institución, que hayan hecho aportaciones significativas al ambiente cultural puertorriqueño o internacional en alguna de las disciplinas comprendidas en las artes, las ciencias naturales y sociales, la educación, la historia, la literatura y el pensamiento. Esta tendrá a su cargo la responsabi1idad de ofrecer una conferencia (Lección Magistral) al pleno de la comunidad estudiosa y a las figuras académicas y públicas que se considerara pertinente invitar.

La Junta Académica podrá honrar a cualquier profesor distinguido ofreciéndole la oportunidad de dictar una conferencia sobre un tema que el profesor determine y en tal ocasión se le investirá de esta alta dignidad institucional honorífica".
Esta certificación se aprueba a tenor con lo dispuesto en el Artículo 68 del Reglamento General de la UPR:

Sección 68.2.2 - La lección magistral

El senado académico podrá honrar a cualquier profesor distinguido ofreciéndole la oportunidad de dictar una conferencia sobre un tema que el profesor determine y en tal ocasión se le investirá de esta alta dignidad institucional honorífica.

En esta página encontrará enlaces a los textos de las pasadas Lecciones Magistrales ofrecidas en la UPR en Cayey.

Vídeos Lecciones Magistrales

 

Lección Magistral 2000: Dr. Fernando Picó

Fernando Picó

UNIVERSITAS LUDENS

Lección inaugural, Universidad de Puerto Rico, Cayey, 15 de agosto 2000

"The play's the thing, wherein I'll catch the conscience of the King". 1 La obra de teatro representada por los actores itinerantes en Hamlet saca a la luz la intima realidad que todos los personajes hasta el momento han tratado de disimular. Un drama dentro de un drama teatraliza las líneas fundamentales de una situación humana suprimida. El juego de la representación hace posible sorprender al otro fuera de los lindes de su propia actuación. El rey fratricida es develado como actor que juega a ser hermano compungido y tío compasivo. La representación ha logrado revelar que sus espectadores son actores.

De las muchas formas lúdicas de agarrar la realidad, el teatro ha sido la más evidente y prestigiada en la tradición occidental. Pero no es la única. Como Johann Huizinga ha señalado en Homo Ludens , muchísimas facetas del quehacer humano tienen una dimensión de juego. La diplomacia, la guerra, los tribunales, la enseñanza, el comercio, la política, la medicina y el psicoanálisis suponen un despliegue de tácticas de juego entre las cuales podemos fácilmente advertir la asunción de papeles que constituyen el elenco esperado de cada representación profesional. Los diseñadotes de la teoría matemáticas de juegos pudieron detectar los elementos básicos de situaciones humanas, con o sin competencia, que se resuelven a partir de determinaciones lúdicas. Las aplicaciones de esta teoría en la economía y en la ciencia militar han dado resultados sorprendentes.

En el quehacer humano el juego teatral es quizás el mas fácil de detectar. Son actores los embajadores, los generales, los abogados, los jueces, los maestros, los comerciantes, los candidatos a puestos electivos, los médicos y los psiquiatras. Desempeñan bien o mal sus roles asignados el policía, el sacerdote y la azafata de la aerolínea. Hay un libreto, escrito o no, para cada profesión, y lo conocen los cajeros de los bancos, los dependientes de las tiendas y los trabajadores sociales. Cada cual representa ese libreto según sus capacidades y entendimientos. Nadie espera que la cajera en un Burger King se tome dietista y aconseje la ensalada en vez del whopper doble carne, ni quisiera que el policía se tornase en juez ni el banquero en psicoanalista. Juzgamos la capacidad de una persona por su desempeño del papel que se le ha asignado, por cuan bien representa el personaje.

En el ajedrez del diario vivir hacemos las consabidas jugadas de apertura, sacrificamos los peones de nuestros deseos espontáneos para poder mover las grandes piezas de nuestros intereses a largo plazo. Nuestras resistencias y nuestras apropiaciones muchas veces asumen un carácter lúdico. En las relaciones humanas recurrimos al juego para significar nuestros afectos. La perenne partida para mantener equilibrada la libreta de cheques no pocas veces evoca juegos infantiles del pescao, la cuica y el escondite. En el Rayuela de Cortazar reconocemos nuestras maneras arbitrarias de representar y explorar nuestras vidas. Hasta enfermos movilizamos tácticas lúdicas para eludir las medidas mas severas del doctor o los inconvenientes de la compasión ajena. Siempre tenemos barajas escondidas que esperamos resuelvan los aprietos; a veces la baraja escondida es un dinerito guardado dentro de una media, o un remedio casero, o una amistad de la escuela que esta ahora en el gobierno. A veces la baraja consiste de una enseñanza estoica, o una tacita resignación a lo absurdo, o es Dios. quizás, con una paciencia de hormiga, algún matemático pueda reducir todas estas transacciones a una nueva tercia de juegos.

I

Los académicos también jugamos. Probablemente nadie ha ficcionalizado mejor el juego intelectual que Hermann Hesse en Magister Ludi (Juego de. Abalorios) . su novela sobre un excepcional participante de un juego que nunca se llega a especificar. Solo se nos dice:

Una jugada podía partir de una configuración astronómica fijada o del tema de una fuga de Bach o de un pasaje de Leibniz o de los Upanishads, y desde el tema, según la intención y la capacidad del jugador, se podía proseguir y elaborar la idea madre evocada o enriquecer su expresión, con ecos de ideas vinculadas con el. Si el principiante sabia establecer, con los signos del juego, paralelos entre una música clásica y la formula de una ley física, para un conocedor y maestro el juego conducía libremente desde el tema inicial a ilimitadas combinaciones. 2 Nunca sabemos como se juega y en que consiste la partida, pero toda la novela esta imbuida de la dinámica lúdica que absorbe y acapara la vida del protagonista. Es tanto una representación del intelectual que se afana por relacionar fenómenos como de todo ser humano que prolonga la partida con su mortalidad en la esperanza de un desenlace imprevisto.

En los dos niveles se despliega el afán universitario por barajar el conjunto de realidades que llamamos mundo, en el nivel de los conceptos y en el nivel de las vivencias. A los estudiantes que ingresan en nuestras aulas le presentamos un universo sujeto a la racionalidad científica. Las leyes de la física, de la química, de la biología, los axiomas de las matemáticas, los principios que delimitan cada disciplina, la rigurosidad que rige el desempeño de las profesiones, la claridad de los métodos de investigación y verificación, los ordenamientos gramáticos, las reglas de la hermenéutica, la inevitabilidad de los métodos de contabilidad, la necesaria distinción y jerarquía de las instituciones, el imperativo de la exactitud en la computación, todo el ensamblaje de los saberes se sitúa en un ordenado escenario de racionalidades que se postulan como compatibles y complementarios.

Espoleado por tantas seguridades el estudiante avanza confiado en esa galería de paisajes y bodegones que reclaman constituir el conjunto posible de las representaciones de la realidad, amparando el anhelo de que algún recuadro recoja el perfil de su sentir. Pero según progresa por el impresionante muestrario de los saberes humanos le va picando el escozor de una intuición. Aquello que el o ella siente, las dificultades concretas que encuentra, sus angustias, ansiedades y deseos mas profundos solo a tientas puede reconocerlos en los panoramas representados. Se percibe como viviendo en dos niveles, uno el de sus clases, laboratorios, exámenes y ensayos universitarios, y otro el de la calle, el hospedaje, el trabajo, el fin de semana, el de su vida intima y su situación personal.

Llega un momento en que los acicates de un mundo devalúan las exigencias del otro, y es mas previsible que la cotidianidad desbanque a la racionalidad que lo opuesto. Puede darse entonces o un abandono de los estudios o simplemente un acomodo. En este ultimo caso se le sigue prestando acatamiento al mundo de la racionalidad, pero es una mera observancia, un rito de contestar preguntas de exámenes, llenar requisitos, reunir los créditos necesarios y graduarse. El fuego interno se ha apagado, el afán de participar en el torneo intelectual, de romper lanzar por algún ideal, de encontrar, descubrir, inventar se ha desdibujado. A pesar de todos los créditos que el Registrador le adjudique, el estudiante dejo de ser universitario; esta matriculado, pero sus intereses son ajenos a sus rutinas estudiantiles.

II

En espíritu ha desistido de la universidad, y sin embargo solo había llegado a la antesala de ella. quizás dudo si había alli algo mas que esos saberes que le parecían disecados, pero solo alcanzo a percibir estancias mal iluminadas cuyos catálogos suscitaban escaso interés. No vio mas juego posible ni otra cancha que aquella ya reconocida, y el afán intelectual se le ocurrió una quimera, un entretenimiento quizás, en todo caso una palestra poco rentable, predecible e inconsecuente.

Si hubiera avanzado un poco mas en el juego quizás su opinión no hubiera cambiado sustancialmente, porque en su segunda etapa la partida es mas exigente. El mundo y los saberes ya no se representan como ordenados y coherentes, sino como frutos del azar, la arbitrariedad y los entendidos a medias. El lenguaje resulta insuficiente y ambiguo, la observación depende de la situación del observador, las disciplinas pierden sus contornos, y los métodos de investigación son solo acuerdos entre caballeros y damas para respetar las reglas del juego. No hay armonía entre la macrofísica y la microfísica; el acceso ilimitado a la información no garantiza su interpretación; las grandes obras de la literatura y la filosofía resultan ser solo el acervo arbitrariamente escogido de un fragmento de la humanidad. Los proyectos nobles y generosos se develan como entrejuegos de personalidades capaces de sublimación. Como el listado de los deportes considerados olímpicos, el elenco de las materias universitarias se plantea como fruto de negociaciones contenciosas, "te doy tres créditos mas en ingles si me respaldas en hacer un requisito la historia del arte". La educación universitaria resulta ser un buffet dominical en el cual por un precio razonable uno se puede servir todas las cosas picantes y dulces sin tener que comerse los vegetales.

En esa etapa de la partida intelectual, el actor humano, lejos de representar un agente conocedor y responsable del orden, se representa como el máximo trangresor del cosmos, dilapidador ecológico, depredador de su propia especie, solo y abandonado en una esfera rotante de un pequeño sistema planetario en un rincón de una entre cien billones de galaxias. El universo antropocéntrico del siglo 15 ha cedido al caos centrifugo del 21. La vida no tiene otro significado que el que por conveniencia le adjudiquemos; el saber es una ilusión acordada.

El sinsentido de los saberes en esa etapa del aprendizaje universitario contrasta con las vivencias que los y las estudiantes para ese entonces tienen. Le han cogido el gusto a la vida universitaria. Pertenecen a grupos y asociaciones, han identificado su área de mayor concentración, han desarrollado amistades, han recibido remuneración en algún trabajo, han asistido a conciertos, representaciones teatrales, cineforos, talleres, tertulias y conferencias, quizás han viajado, posiblemente se han independizado de la tutela familiar. Han tenido alguna medida de éxito y se sienten mas seguros de si mismos que cuando llegaron como prepas . Todo esto quizás les exima en algo de cobrar conciencia del desesperado estado de su búsqueda de conocimientos. La teoría y la praxis se habrán distanciado, pero es agradable estudiar en grupo, deja memorias gratas repasar las fotos de aquel taller, aquel viaje estudiantil, y viste mucho hablar de futuros alternos, de maestrías y doctorados, escuelas de medicina y de derecho. Si el mundo es ulteriormente absurdo o no, se lo dejan a los filósofos; por el momento la tarea es el laboratorio, el seminario, la practica.

En esas experiencias concretas en que tantean las posibilidades y los alcances de su disciplina escogida los estudiantes pueden tener la suerte de toparse con algún profesor o profesora extraordinaria, que les exija mas, les rete, les confronte y cuestione, les devuelva sus trabajos todos garabateados y comentados, y en el curso de compartir una taza de café o un refresco, le hagan la pregunta o la observación que sirva de acicate para el resto de sus vidas. quizás no sea un docente quien provoque, sino un compañero o compañera de estudios, una lectura accidental, unas imágenes acuciantes. Si esta experiencia se da, la universidad habrá sido algo mas que la proveedora de una formación técnica y de algunas destrezas burocráticas.

Aquel o aquella estudiante que tiene la suerte y la capacidad de plantearse el significado ulterior de sus estudios buscara afanosamente incorporarse a la tarea intelectual, al equipo de grandes ligas. La formación universitaria para el o para ella dejara de ser el tour de force de recolectar créditos necesarios para graduarse, y habrá venido a perfilarse como la peregrinación, la búsqueda del Santo Grial, la subida al Monte Everest. Reflexionara, y se dará cuenta de las escandalosas lagunas en su disciplina, las maravillosas oportunidades de investigar y descubrir, analizar y conciliar saberes. Sentirá impaciencia, empezara a cuestionar a sus profesores y sus textos, y detrás de cada ejercicio de explicación detectara las practicas dudosas de una representación incompleta.

III

Y es en esa coyuntura cuando la universidad consolida su éxito o se manifiesta insuficiente. Es por ese pequeño trecho en la vida del estudiante que la universidad se desvive. ¿Cuajará la integración de sus saberes, prendera el fuego inextinguible de su compromiso intelectual, se dará el injerto del afán universitario en el árbol de la vida, o tendremos un graduado mas, una graduada mas con titulo suficiente para una plaza probatoria en alguna empresa o institución, crédito en un banco, tarjeta de presentación, estacionamiento reservado? Si la universidad sirviera solo para asegurarle un empleo a sus graduandos pudiéramos sustituirla con el internet . Por pequeña que sea cualquiera biblioteca municipal, siempre tendrá espacio para almacenar la suma de todos los conocimientos con que un universitario se gradúa. Por eso, aunque las bibliotecas están al centro de la vida universitaria, no podemos confundir una universidad con una biblioteca. Un campus universitario sin biblioteca es meramente un parque de recreación pasiva, pero una biblioteca universitaria sin lectores es solo un paraíso prometido para la polilla.

¿Y quien estimula a leer? Leer, no para buscar datos, como se lee la Guía Telefónica, leer no para adornar con citas bonitas un calendario, sino leer hasta devorar un libro, hasta entender su tuétano, hasta desmenuzar sus huesos, leer como se lee solo cuando hay hambre de leer, cuando la muerte de Sócrates es noticia y acompañar a Dante en sus jornadas provoca pesadillas, leer cuando se lee lo que ha sido prohibido y se genera la convicción de que esta prohibido prohibir.

¿Quien motiva a leer así? Solo lectores pueden iniciar a lectores, solo el que tiene el secreto puede divulgarlo. Cuando en el elenco de docentes universitarios hay grandes lectores, es inevitable que contagien a sus estudiantes. Hay estudiantes que le rebuscan los libros al profesor, que van corriendo a la librería o a la biblioteca a buscar una copia, que están ansiosos de tenderle trampas, a ver si lo leyó todo, que se leen hasta las reseñas del libro para poder entablar una discusión. Estudiantes así son peligrosos, quieren saber mas que uno, son capaces de hacer preguntas la clave de cuyas contestaciones solo ellos la tienen, estudiantes así, que acechan, intimidan, muerden y despedazan, hay que salir de ellos, hay que enviarlos a escuela graduada, hay que doctorarlos, para que dejen a uno en paz y con suerte lo releven a uno en la cátedra.

En una universidad donde se lee mucho, se piensa bastante, y si se piensa, hay quien escriba. El problema que confrontamos en el mundo universitario puertorriqueño es que no se escribe lo suficiente. Para empezar hay muy pocos profesores de cursos de educación general o de cursos requisitos de facultad que requieran trabajos escritos de sus estudiantes. Aim mas, muchas veces los examenes, tanto parciales como finales, no son de discusión, sino de escoger una de cinco, parear, llenar blancos y hasta de cierto y falso. Los estudiantes estudian para reconocer la respuesta, pero por su cuenta no pueden enunciarla. Saben vincular los títulos con los autores, pero no tienen que dar cuenta de las obras. Se gradúan sabiendo que Maquiavelo escribió El príncipe . Hobbes el Levitan, y Marx El Capital , pero nunca podrán expresar en sus propias palabras que dicen esas obras, y que tienen que ver con nuestro mundo. Se les escuchara luego afirmar que El Príncipe es una novela un tanto lenta, Leviatán un comentario bíblico y El Capital una introducción a la banca. Da lo mismo que lo digan o no, porque sus pares en la sociedad no reconocerán la diferencia. Pero el problema no es que no sepan hablar de El príncipe , pero que vivan y paguen impuestos y voten en una sociedad donde el príncipe de turno manipula y tuerce los medios a su antojo, y la corrupción se representa como un desliz, y el atropello policial como una exageración, eso es grave. Que no se entienda que es la política, el juego político, el entrejuego partidista, el rejuego metropolitano, porque no se quiso discutir la esencia del estado y de la vida publica en una universidad, eso es fatal.

Solo induciendo al estudiante a articular su pensamiento por escrito podemos iniciarlo en la plena capacitación de su aptitud critica. Admitámoslo, eso requiere mucho trabajo. En otras latitudes hay asistentes de cátedra que se encargan de corregir estos trabajos. No es justo que un profesor que tiene seis secciones tenga que corregir 150 monografías una semana antes de las Navidades. Es verdad, pero si le pagamos a un profesor cabalmente por cuatro secciones, no tendrá que estar enseñando seis para sobrevivir económicamente, y si utiliza el tiempo bien remunerado para esas cuatro secciones pudiera ensenar a sus estudiantes a pensar articuladamente, por escrito.

Pero no coloquemos toda la responsabilidad en los profesores de cursos introductorios o de compendio. Es en la concentración donde la capacidad de redactar requiere cultivo, abono, poda e injerto. Que un estudiante de Educación no sepa ensayar una comparación de Piaget y Freire, que no pueda diseñar por escrito una estrategia pedagógica, que sea incapaz de explicar las maneras alternas de integrar nuevos conocimientos a currículos rebasados, y graduarlo así, eso es sentenciarlo a treinta anos de mediocridad y frustración. Maestros que no saben escribir, ¿cómo van a ensenar a pensar?

Sin embargo, no se trata solo de consideraciones sobre la practica de tal o cual profesión. Para poder integrar los saberes, para rebasar esa etapa en que todo aparece desmenuzado, incoherente y contradictorio, hay que aprender a plantear problemas, organizar respuestas, analizar, resumir, exponer, arguir, llegar a conclusiones. Un ciudadano educado en una democracia no puede pretender menos. Si no puede razonar, no puede detectar las trampas y los sofismas de quien lo quiere manipular. No tendremos gobiernos de iguales para iguales cuando dos imágenes y una cancioncita valen mas que el análisis de un programa político.

El que aprende a escribir bien, desarrolla la destreza de pensar ordenadamente. Si renovamos los contenidos de nuestros cursos, pero no sus requisitos, incluyendo el de escribir, habremos avanzado poco en el camino de una reforma curricular. Pero aun logrando esto, no se ha conseguido esa cristalización de saberes, esa integración de conocimientos que aseguran la agilidad de un proceso de educación permanente.

Aquí es cuando ayuda recordar la dimensión lúdica de la vida intelectual. Imagínense a un arlequín, un manejador de marionetas, un mimo, y un funámbulo discutiendo sobre cual seria el método mas efectivo de ganarse al publico. El arlequín diría que el secreto esta en hacerlos reír desde el primer momento. El manejador de marionetas afirmaría que lo importante es capturar su imaginación. El mimo sostendría que lo esencial es mantener al publico en suspense. Y el funámbulo arguiria que solo el que se juega la vida puede completamente interesar al espectador. Para nuestro publico, los docentes universitarios a veces hacemos el papel de arlequín, a veces el de titiritero, no pocas veces el de Marcel Marceau, pero es solo cuando caminamos por el alambre tendido sobre el vacío que monopolizamos el interés de nuestra audiencia. El verdadero test es el de la autenticidad. Con palabras podemos compaginar concordancias entre disciplinas y vida cotidiana; podemos decir cosas bonitas sobre la integración de los saberes; podemos hacer compromisos rituales con la investigación; pero solo nos creen cuando es obvio que estamos entregados a nuestro oficio, al punto de arriesgarlo todo por ser consistentes, íntegros, y consecuentes.

Son pocas las veces que algunos pueden estar llamados a hacer ese performance vital, como son pocas las veces que los puentes o los diques son verdaderamente puestos a prueba. Lo necesario en los puentes y diques es que inspiren confianza, no solo cuando están bajo embate, pero también cuando evocan en sus frecuentadores el suficiente sentido de solidez para asegurar el pasadla sosegado. Las personas cabales tienen esa capacidad de inspirar confianza en todo momento. Es como viven sus convicciones lo que hace la diferencia.

Cuando son universitarios el desempeño existencial de estas personas cabales es lo que finalmente inspira confianza en la empresa intelectual. El jugárselas, como se la juega el funámbulo, implica vivir siempre en expectativa y en preparación, sin el sobrepeso de retóricas y recetas pedagógicas. El funámbulo no se agita por ruidos rutinarios, rumores de voces, improperios intempestivos. Sus energías están dirigidas a su actuación y desde la vertiginosa altura de su oficio explora hasta el limite los precarios balances de la física newtoniana y aprecia las estabilidades que permiten su performance.

Es en la tercera etapa de su vida universitaria que el estudiante comprende que la universidad es el circo máximo, olimpo de los trapecistas del intelecto, vitrina fija de los monstruos de la investigación, jolgorio y justa, teatro y pista, menagerie y presdigitacion, donde se armoniza la contradicción y se duda de la verdad consentida. El estudiante que llega a entender eso, que bajo una misma carpa caben Einstein y Santa Teresa, Freud y San Agustín, Aristóteles y Gandhi, el Popol Vuh y el Viaje del Beagle , los estudiantes que pueden integrar dentro de una misma función todos los espectáculos de una tarde de su vida llegaran a sospechar que en su tercera etapa, mas allá de los conocimientos memorables y las teorías deconstruccionistas, esta el placer de contemplar el conjunto y saltar del asiento al ruedo de los leones. Esa transgresion necesaria, que los convierte en actores, que afirma su subjetividad, asegura la continuidad del circo, e inclusive hace algo mas, muestra, en fin de cuentas, que para que haya circo tiene que haber espectadores, que los espectadores son actores, que son sus murmullos, expresiones de sorpresa, risa, aplausos los que constituyen al circo en espectáculo y el espectáculo en significado.

La particular irreverencia de representar a la universidad como un circo no dejara de agitar a algunas personas todavía comprometidas con la universidad como fortaleza de la razón o baluarte de la cultura nacional. 3 ¿Será posible que estas dos etapas históricas han sido rebasadas y la universidad no puede representarse de otra manera que como un espectáculo? Pero la metáfora del circo no solo abarca el papel de espectáculo, sino también la vigencia de una comunidad que hace posible que el espectáculo continúe. Una comunidad que a pesar del colapso de paradigmas y de discursos todavía convoca a un publico ávido de la calidad de su performance .

Calidad y no cantidad. La universidad no esta en el negocio de embalar y embarcar objetos, tabulando, unos para una carrera, otros para otra, tantos en premedica, tantos en administración de empresas, graduamos trescientos, ubicamos un gran porciento en Leyes, otros tantos en Ciencias Medicas. Es verdad que algunos miden el éxito institucional por tales cantidades; siempre será fácil contar cuerpos, pero la medida cualitativa, la que diferencia una gran representación de un ensamblaje mediocre, esa eludirá todas las contabilidades.

Pero entonces ¿cual es el rol social de la universidad? ¿A quien le responde? ¿Queda desvinculada del proyecto publico del estado? ¿Esta abocada a enmarcarse en discursos de excelencia, que descentran la vocación universitaria tradicional por la docencia y la investigación, y miden el éxito por la cantidad de apoyo que se recibe de fondos externos y de contratos con la empresa privada? ¿Admitiremos que los protagonistas de esa excelencia no son ya los profesores dedicados y los estudiantes brillantes, sino los administradores que aseguran el flujo de dinero? ¿Compraremos la noción de que los estudiantes son meros consumidores a los que se les venden unos servicios y los profesores unos asalariados cuya productividad se mide por su habilidad en vender esos servicios? ¿Acabaremos aceptando la noción de que los contenidos de los cursos no son tan importantes como la destreza con que se enseñan? En fin de cuentas, al renunciar a los modelos tradicionales de universidad, ¿no habremos renunciado al mito fundacional mismo que nos sostiene y nos anima?

Admito que no tengo las respuestas a todas esas preguntas, pero si creo que hay una pista importante para su averiguación. En el lenguaje nuevo que se utiliza para medir el éxito de una universidad hay un fuerte elemento metafórico. El accountability que se invoca es una palabra de crasa raigambre empresarial; en español la traducimos por responsabilidad, pero en ingles esta derivada del lenguaje de los contables. Si solo usamos la racionalidad del mercado para medir el éxito de una universidad y redujéramos el menú académico a la ley de oferta y demanda nunca tendríamos cursos que hicieran pensar y trabajar mucho. Química orgánica nunca ganara un concurso de popularidad. En un programa hecho para satisfacer la exigencia del menor esfuerzo filosofía hegeliana y calculo diferencial nunca tendrían un nicho. Leer a Shakespeare es mucho trabajo; mejor dar un curso de ingles basado en tirillas cómicas.

La universidad que base su currículo en la ley del menor esfuerzo acabara como esas tristes escuelas que otorgan certificados de asistencia y premios de simpatía. Nadie va a desarrollar músculos ejercitándose con pesas de algodón; nadie va a desarrollar pensamiento critico si solo se nutre de papilla intelectual. La calidad universitaria se mide por la capacidad de los estudiantes y profesores, no por sus muchos créditos, contratos y reconocimientos públicos.

¿Que hace grande a una universidad? Lo que hace. Y lo que hace depende de sus miembros constituidos en comunidad, de su entorno, de sus recursos, incluyendo su tradición, y de sus retos. De la manera como define los problemas y la manera como actúa sobre sus definiciones. Si entiende su entorno reconoce los retos fundamentales del momento y actúa sobre ellos. No es indiferente al mundo, pero es diferente, y esa diferencia garantiza su actitud critica, su creatividad, y su voluntad de actuar. Critica, crea, y actúa en su propio estilo, con los usos y costumbres del gremio universitario, en la buena tradición de una universitas ludens.



Notas:

1 Hamlet, acto 2, escena 2, líneas 609-10.

Hermann Hesse, El juego de abalorios , traducido por Aristides Gregori (4a. ed.; Buenos Aires: Santiago Rueda Editor, 1967), 35.

3 Sobre la crisis de la universidad en esta función de garante de la cultura nacional ver Bill Readings, The University in Ruins (Cambridge: Harvard University Press, 1996), capítulos 5 al 8.

Lección Magistral 2001: Dr. José A. Vargas Vidot

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Lección Magistral 2004: Dr. Federico Bermúdez Rattoni

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“Neurobiología de la Memoria”

Dictada por el Dr. Federico Bermúdez Rattoni

El día de hoy platicaremos de cómo se integra la memoria en el sistema nervioso central. Tomémonos un momento para recordar un suceso agradable de nuestra infancia, nuestro primer beso, el rostro de nuestros padres, la muerte de un ser querido, un evento decisivo en nuestra juventud… No sería arriesgado afirmar que estos recuerdos han definido en cierta medida nuestra percepción del mundo, nuestra personalidad y en resumen quien somos hoy en día. Ahora imaginémonos perder el acceso a todos esos recuerdos… es entonces cuando nos percatamos de la tremenda importancia de la memoria. Todo lo que pensamos y hacemos depende de una eficiente operación de dicho sistema.

Como otras capacidades biológicas, la memoria es flexible a las demandas de nuestra vida diaria, mostrando una historia evolutiva a lo largo de las generaciones en respuesta a las presiones de la selección natural. En la naturaleza la capacidad de reconocer y discriminar los alimentos que ofrecen un alto valor energético, así como el recordar los lugares donde se encontraron dichos alimentos, ciertamente ofrece una gran ventaja evolutiva.

Ahora bien, en el laboratorio hemos decidido utilizar como modelo a la memoria de reconocimiento. Una de las razones por las que hemos elegido a la memoria de reconocimiento es porque son memorias que requerimos constantemente en todo momento durante nuestras vidas. El reconocimiento de nuestra madre después del nacimiento, se ha visto que tanto en humanos como en animales, es un requisito indispensable para la sobrevivencia de la especie. Aquel que reconozca o que tenga más facilidad de reconocimiento tendrá más facilidad de sobrevivir ante los retos que presenta la adaptación al entorno. De tal manera, podríamos definir la memoria de reconocimiento como la habilidad para discriminar lo novedoso de lo familiar o para acceder a la familiaridad de las cosas que nosotros previamente hemos experimentado, o la información que habíamos recibido. A la memoria se le define como la capacidad de evocar información adquirida y al aprendizaje como la capacidad de adquirir dicha información, En otras palabras nosotros adquirimos información, esto es aprendizaje y la forma de evocar dicha información es la memoria. Como ustedes saben, existen memorias de corto plazo y de largo plazo, y estos términos los voy a ir describiendo a lo largo de la plática, porque les adelanto existen procesos a nivel de estructuras celebrares y a nivel celular que participan en memorias de corto y memorias de largo plazo.

Entonces, hemos decidido utilizar la memoria de reconocimiento por su importancia y por la facilidad con la que se pueden utilizar en el laboratorio. La memoria gustativa de reconocimiento utiliza estímulos gustativos para poder formar las memorias y eso es lo que usamos constantemente a lo largo de nuestras vidas. Un catador de vinos es aquella persona que reconoce cuando un vino es de una cosecha determinada, cuando está viejo, cuando es reciente, cuando la cosecha proviene de uvas jóvenes o de uvas más maduras, etc. Incluso, me atrevería a afirmar que gran parte de la cultura de un país o región del mundo se trasmite a través del gusto por determinados alimentos, es decir a través de la cultura culinaria; así tenemos que tradiciones y cultura se van transmitiendo a través de cientos e inclusive miles de años por medio de la comida, y esto resulta en tradiciones y comidas muy identificables, como son la comida y tradición china, mexicana, italiana, japonesa, etc. Por cierto ya me dijeron que después de esta plática me van a llevar a probar la auténtica comida de Puerto Rico.

Asimismo, y con una gran ventaja es que la memoria de reconocimiento gustativa puede ser utilizada en el laboratorio, la cual es semejante a la utilizada en humanos y en animales. Ahora bien, ¿de que modo se procede en el laboratorio para usar este tipo de memoria? Lo que hacemos es presentar al animal agua en un bebedero graduado por varios días para que el animal se habitúe a consumir el agua a través de este bebedero, una vez que el animal se ha familiarizado con este procedimiento, colocamos una solución de sacarina sustituyendo al agua, es decir sacarina disuelta en agua en una concentración determinada. ¿Pero por que utilizamos sacarina? esto importante pues podemos utilizar cualquier estímulo gustativo como la sacarosa (azúcar de mesa), quinina (sabor amargo) solución salina o cualquier solución que le dé un estímulo gustativo al animal. Generalmente, usamos sacarina porque no tiene un valor calórico. Como ustedes saben, la sacarina se utiliza para endulzar sin afectar los niveles de glucosa en la sangre de los sujetos, de tal manera, que la sacarina puede ser usada sin ninguna consecuencia en la niveles calóricos del animal.

Una vez que le presentamos al animal dicha solución, nos vamos a percatar que el animal presenta una respuesta de rechazo, o lo que conocemos como respuesta neofobica o neofobia. La neofobia se define como el miedo o temor a lo nuevo, lo cual es una condición natural del animal. Sin embargo, si nosotros seguimos presentando dicha solución todos los días vamos a ver que hay un incremento en su consumo. Es decir, al día siguiente consume más, y otro día un poco más, hasta llegar a un nivel asintótico, en el cual sigue consumiendo ese mimo volumen de sacarina todos los días. A esta diferencia entre la respuesta neofóbica y el incremento en las respuestas se le conoce como “atenuación de la neofobia”. Lo anterior no es otra cosa más que un simple aprendizaje, lo que está memorizando el animal es que el sabor no le ha producido ningún daño y le empieza a gustar . Bajo estas condiciones el animal está aprendiendo a reconocer que este estímulo gustativo no tiene ninguna consecuencia y por lo tanto incrementa su consumo, es decir le gusta. Me detengo un momento para hacer notar que el término gusto connota precisamente memorias que tenemos y que no solo se refieren a la comida sino que inclusive lo generalizamos para referirnos a cosas e inclusive personas; por ejemplo cuando decimos, me gusta esa chica(o) .

Muy bien, pero tenemos otra posibilidad, y es cuando el estímulo gustativo puede evocar en el animal rechazo después de una experiencia nociva, y a esto se le conoce como “condicionamiento aversivo” a los sabores. A este efecto se le ha llamado efecto García. Este tipo de memoria gustativa fue encontrada por el Dr. John García, en la Universidad de Harvard. Lo que hicieron John y sus colegas fue presentar el estímulo gustativo, sacarina, a un grupo de animales experimentales a los que adicionalmente se le administró dentro del estómago (intragástricamente) cloruro de litio. El cloruro de litio es una toxina que provoca que el animal se enferme, es decir le provoca un malestar gástrico. El malestar gástrico le dura al animal algunas horas, presentando todos los síntomas de una irritación gástrica fuerte como sería: diarrea y en algunos casos vómitos, etc. Este modelo nos permite estudiar el aprendizaje de una manera muy sencilla y en un sólo ensayo, es decir, en este caso el estímulo gustativo sería un estímulo condicionado dentro del contexto del condicionamiento Pavloviano, seguido del estímulo incondicionado que sería el malestar gástrico y después sólo la presentación del estímulo gustativo nos provoca aversión hacia ese estímulo gustativo, y en consecuencia el animal muestra un decremento significativo en el consumo del agua con sacarina. Otra de las ventajas de este modelo de memoria es que puede durar prácticamente toda la vida de un animal. Por eso, este tipo de memoria de reconocimiento aversiva nos es muy útil pues se aprende en un sólo ensayo, y es muy robusto pues provoca aversiones muy fuertes por lo que nosotros podemos medir fácilmente su aversión . ¡Seguramente alguno de los presentes lo ha padecido alguna vez en su vida!

Como hemos visto, lo interesante de este modelo es que podemos tener la memoria en dos formas; positiva y negativa. En un experimento publicado por John García, en el 1971, se demostró que se puede usar el mismo estímulo para producir algo positivo o negativo; es decir incrementos, o decrementos en el consumo. Esto es algo muy interesante porque podemos parear por ejemplo jugo de uva con una enfermedad y esto nos provoca una disminución significativa en su consumo en subsecuentes presentaciones. Asimismo, nosotros podemos asociar ahora leche con enfermedad, es decir, con la irritación gástrica y vamos a ver una reducción muy significativa en el consumo de leche en subsecuentes presentaciones. Sin embargo, si nosotros presentamos cualquiera de las dos estímulos; leche o jugo de uva, pero durante la recuperación de la enfermedad en el animal, es decir después que le fue provocada la irritación gástrica por la aplicación de cloro litio, lo que vemos ahora es que hay una preferencia por el estímulo que estuvo asociado con la recuperación. En este caso cuando el animal se recuperó en presencia de la leche vemos que el consumo incrementa significativamente y cuando presentamos el jugo uva en el período de recuperación, también se incrementa su consumo. Y esto puede ser revertido, es decir, los animales que tuvieron jugo de uva, enfermedad y luego leche, primero tiene disminución significativa del consumo del jugo de uva e incremento significativo con la leche. Y al revés, en otros animales si la leche fue pareada con la enfermedad se presenta una disminución significativa en el consumo, con un incremento significativo cuando se presenta el jugo de uva en su recuperación. Así, que podemos usar los mismos estímulos asociados a la enfermedad o con la producción de la recuperación. Entonces el consumo del animal pude incrementar o disminuir. En resumen lo anterior ejemplifica la existencia de dos modelos de memoria de reconocimiento, una memoria de reconocimiento aversiva y una memoria de reconocimiento positiva o segura, por llamarlo de alguna manera. Por último vale la pena aclarar que si nosotros aplicamos cloro de litio después de la presentación de un sabor, hay una disminución en su consumo, sin embargo, si le seguimos presentando el mismo sabor consecutivamente pero sin inyectarle el cloruro de litio, empieza a perderse la aversión a dicho sabor, es decir, la conducta entra en un período de extinción y el consumo se va ir incrementando hasta llegar a los niveles del estímulo seguro. Entonces podemos utilizar el mismo estímulo gustativo en ambas direcciones para provocar algo positivo o para provocar algo aversivo.

Muy bien, entonces, en lo que nosotros hemos estado interesados en nuestro laboratorio en la ciudad de México, consiste precisamente en ver cuales son los mecanismos por los que se esta formando dicha memoria. De este modo, si nosotros somos capaces de entender los mecanismos por los cuales se esta formando este tipo de memoria, podemos entender como se forman las otras memorias de reconocimiento y eventualmente saber cuáles son lo mecanismos a nivel cerebral involucrados en la memoria del reconocimiento y con ello eventualmente evitar o mejorar enfermedades de memoria de reconocimiento como sería el caso en los pacientes que presentan Alzheimer. La memoria de reconocimiento es muy importante porque son memorias declarativas que utilizamos constantemente como les había dicho al inicio de la plática. Una de las ventajas de utilizar este tipo de memoria de asociaciones es el conocimiento que tenemos de las vías cerebrales donde se está integrando la información. Las vías anatómicas las conocemos bien, y aunque no voy a entrar en detalles de neuroanatomía sabemos cuales son las estructuras que están relacionadas con el estímulo gustativo y cuales con el estímulo que produce la enfermedad o el estímulo incondicionado. Entonces, esto es un esquema de cómo están integradas las vías gustativas en el ser humano y esto sería una forma más esquemática de cómo se está integrando la información tanto gustativa como la información visceral que llega a diferentes estructuras dentro del sistema nervioso central.

No voy a entrar en detalle, solo quiero señalar que hay dos estructuras importantes de las que voy hablar. Una de ellas es la corteza insular que esta marcada como “IC” que es una estructura que se encuentra en una parte del cerebro humano llamada “corteza insular” . Y otra parte que también es muy importante, es la amígdala que tiene varios núcleos, entre ellos el baso-lateral y el central y que es una estructura también muy importante relacionada con este tipo de información gástrica. Repito, vamos a hablar de dos tipos de memoria: la aversiva y la segura. Sabemos que estos dos componentes eventualmente empiezan a tener una interacción entre ellos y de tal manera que nos permitirá conocer cuáles son los mecanismos involucrados en este tipo de asociación segura o aversiva. Como sabemos hay un tiempo de percepción gustativa que generalmente dura milisegundos, después hay un período asociativo, es decir, el período en el cual el estímulo gustativo se puede asociar, ya sea con la enfermedad o no, y después hay un proceso de consolidación. Se conoce como el proceso de consolidación al proceso molecular, celular o cerebral, el cual interviene para consolidar la memoria. Es decir, una memoria de corto plazo se solidifica en memoria de largo plazo.

Ustedes han oído hablar que hay personas que no pueden consolidar memorias, el caso más famoso es el caso HM. Esta persona, por diferentes motivos que no voy a señalar en este momento, se le extirpó una porción importante del lóbulo temporal la cual incluye estructuras del sistema límbico (sistema relacionado al afecto y a patrones temporales y espaciales), pues tenía una epilepsia de difícil tratamiento. Sin embargo, después de la operación los médicos notaron que el paciente no podía, ni puede (todavía vive) consolidar la información de corto en largo plazo. Es decir, el paciente mostraba que había adquirido la información y la retenía por periodos de tiempo cortos, pero al día siguiente no recordaba haber aprendido alguna rutina ni tampoco quién lo había visitado el día anterior. El encontrar un parámetro objetivo para distinguir entre estos dos tipos de memorias ha permitido entender mejor los mecanismos celulares y moleculares que las caracterizan. Actualmente se considera que la consolidación es una clara distinción entre dos estados de memoria; es decir, la información recientemente adquirida es frágil y susceptible a ser olvidada; sin embargo, la información se puede consolidar y convertirse en una memoria más estable de largo plazo. Este proceso de consolidación depende de la síntesis de proteínas, es decir, se requiere de la formación de nuevas proteínas a nivel celular para llevar a cabo las posibles modificaciones funcionales ó estructurales que subyacen a la formación de la memoria de largo plazo.

Regresando al tema principal de la plática, lo que hacemos en el laboratorio es tratar de mejorar nuestro entendimiento sobre el funcionamiento del sistema nervioso central, en particular queremos saber ¿cuáles son las estructuras, sustancias y moléculas que están participando en la formación de la memoria? Una de las primeras cosas que hemos hecho en el laboratorio es medir como se están liberando ciertas sustancias, como son los mensajeros celulares a los cuales se les conoce como neurotransmisores y que son de suma importancia en la comunicación dentro del cerebro. A través de una sofisticada técnica que se llama “micro-diálisis en vivo” que no es otra cosa mas que un dializado, ¿ustedes han oído hablar de una membrana de dializado? Son membranas que son permeables, es decir, permiten el paso a ciertas moléculas y son impermeables a otras de tal manera que cuando utilizamos estas membranas de dializado, las podemos colocar en el tejido cerebral de animales para ver qué tipo de sustancias o neurotransmisores se está liberando en el momento en que el animal está aprendiendo. Como había mencionado anteriormente, tenemos la ventaja de que el modelo conductual es muy sencillo, la simple presentación del estímulo gustativo provoca memoria. De tal manera que podemos colocar al animal en ésta campana que tenemos aquí, es decir una burbuja de plástico, previamente al animal se le colocan unas pequeñas cánulas (tubos con membranas de diálisis en la punta) que se llaman “cánulas de micro diálisis” y que colocamos en una parte del sistema nervioso central, en este caso en la corteza insular. La corteza insular, como habíamos dicho, participa en la formación de este tipo de memoria, lo sabemos por otros tipos de estudios realizados con lesiones permanentes, reversible, farmacología, etc. Entonces lo que hicimos fue colocar estas membranas de diálisis en el cerebro y ver qué neurotransmisores estaban liberando en el momento que el animal estaba experimentando el estímulo gustativo. Cabe destacar que una de las ventajas de este modelo es que nos permite medir la liberación de las moléculas en el momento en que el animal está emitiendo la conducta. ¡Otros procedimientos experimentales no lo permiten!

Pero, ¿cuáles fueron los resultados? Para ello decidimos medir la liberación de una molécula que normalmente actúa como neurotransmisor, la acetilcolina . Y vimos lo siguiente, cuando nosotros presentamos por primera vez la sacarina, se observa un incremento significativo de liberación de acetilcolina en la corteza insular del animal. En comparación de lo que sucede cuando le presentamos agua, que es un estímulo gustativo familiar, el cual provoca una pequeña liberación de acetilcolina. Pero lo más interesante es cuando un estímulo se vuelve familiar. ¿Qué es lo que sucede con la liberación del neurotransmisor cuando un estímulo se vuelve familiar? Pues resulta que la primera vez que presentamos la sacarina hay una liberación muy grande de sacarina, la segunda vez disminuye esa liberación y asi sucesivamente. ¿Qué quiere decir esto? Que la liberación colinérgica de alguna manera está relacionada con la novedad del estímulo. En otras palabras, un estímulo novedoso libera acetilcolina pero al volverse familiar ya no. Pero para estar seguro de lo que estábamos observando teníamos que corroborarlo con otro tipo de estímulo gustativo. Entonces, cambiamos a otro estímulo gustativo que sería la quinina, y notamos de nuevo un incremento significativo en la liberación de acetilcolina, porque éste, de nuevo, es un estímulo novedoso. Estos datos confirman el hecho que los estímulos novedosos provocan liberación colinérgica que va disminuyendo cuando se vuelven familiares.

Pero bueno, lo que nos interesa es la función dentro de las células relacionada con la liberación de la acetilcolina. ¿Cuál es el mensaje que está produciendo la acetilcolina en las células? Para confirmar nuestras observaciones se tomaron en cuenta otros modelos, este es el caso de un experimento realizado por investigadores italianos, los cuales midieron simultáneamente varios neurotransmisores como son acetilcolina, glutamato y gaba y se observa claramente cómo se libera solamente la acetilcolina, los demás neurotransmisores se mantuvieron sin cambio en el primer día en que se coloca a un animal en una ambiente novedoso (caja de madera). Esto es muy interesante y concuerda muy bien con nuestros datos, pues al día siguiente de la exposición a la caja disminuye significativamente la liberación colinérgica hasta que finalmente desaparece. ¿Qué quiere decir esto? Que la novedad de los estímulos esta provocando la liberación colinérgica. Pero esto no nos habla nada de la memoria, puesto que otros factores como la atención podrían estar provocando liberación colinérgica la cual es un elemento necesario para que se forme la memoria. Entonces ¿qué es lo que esta haciendo la acetilcolina?, esa era nuestra gran pregunta. ¿Qué está haciendo la acetilcolina para codificar la memoria que se esta produciendo en el animal una vez que se encuentra con el estímulo novedoso y que después se vuelve familiar? Para confirmar estos datos lo que decidimos hacer a continuación fue bloquear los receptores de acetilcolina. Para familiarizarse con esta teoría pensemos que hay una especie de llave con una cerradura, en la cual el neurotransmisor es la llave y la cerradura sería el receptor del neurotransmisor. De tal manera que esta llave puede abrir ciertos elementos dentro de las células que hacen algunos cambios, como vamos a ver, que permiten modificaciones intracelulares. Entonces lo que hicimos en otros experimentos, en vez de medir la liberación de la acetilcolina fue infundir un bloqueador del receptor colinérgico ( escopolamina) .

Para no hacer la historia muy larga, simplemente quisiera señalar que colocamos dicha droga antes de la presentación de sacarina, y no observamos efectos en la detección del estímulo gustativo, pues hubo una disminución muy significativa del consumo (respuesta neofóbica). Sin embargo, al día siguiente cuando volvemos a presentar la sacarina a estos animales, comparados con el control (droga vehículo), en la corteza insular vemos que bloquea la consolidación de esa información, porque al día siguiente el animal no se acuerda de lo que había recibido y considera el estimulo como novedoso. ¿Por qué?, la razón es que fue bloqueada la consolidación de la información de lo novedoso a lo familiar. Y esto lo vemos hasta el tercer día de consumo. Esto quiere decir que la activación colinérgica puede ser bloqueada interfiriendo con la actividad de los receptores, es decir, de los eventos que van a producir cambios dentro de las células y este bloqueo impide que se consolide esta memoria de largo plazo en el sujeto.

A fin de corroborar que lo que estábamos viendo era cierto, lo que decidimos fue someter a diferentes animales a una tarea que se llama memoria de reconocimiento a objetos. La tarea de reconocimiento de objetos requiere que los animales evoquen respuestas relacionadas a dos objetos a los cuales han sido expuestos previamente. Dos investigadores, Ennaceur y Delacour desarrollaron un paradigma de reconocimiento a objetos el cual está basado en la tendencia natural de los roedores a explorar más los objetos novedosos que los familiares. Se ha propuesto que esta tarea mantiene una clara analogía con las pruebas de reconocimiento que son extensamente usadas en humanos para evaluar la memoria y que sirven para caracterizar los síndromes amnésicos ya que proveen un índice de la severidad del daño de la memoria explícita.

Recientemente en nuestro laboratorio implementamos la tarea de reconocimiento objetos con el fin de tener una tarea que nos permita medir la discriminación visual entre estímulos familiares y novedosos. En esta tarea los grupos controles intactos mostraron preferencia por el objeto nuevo, lo que indica el reconocimiento del objeto familiar. Los resultados de los grupos controles nos permiten saber que no hay una tendencia natural por los objetos o las cajas que afecten la tarea. En ninguna de las condiciones se encontró que los animales tuvieran preferencia por alguno de los objetos durante la familiarización. Por lo tanto, la tarea puede ser utilizada para medir la participación de las estructuras del lóbulo temporal en la formación de la memoria de reconocimiento en corto (90 minutos) y largo plazo (24 horas).

Como se puede apreciar también en la figura los animales que recibieron inyecciones del antagonsita colinégico en las cortezas insular y peririnal, pero no en la corteza frontoparietal, impidieron que se forme la memoria de largo plazo. Estos resultados muestran que hay una participación diferencial de las estructuras del lóbulo temporal-medial en la consolidación de la memoria de reconocimiento de objetos. Pero cuál es la participación que tienen otras estructuras en el sistema de memoria del lóbulo temporal. ¿Por ejemplo, es posible que el hipocampo sea importante para consolidar la información contextual donde aparecen los estímulos? Algunos datos de la literatura sugieren que este puede ser el caso. Un estudio realizado por Broadbent y cols. mostró que con lesiones muy pequeñas del hipocampo dorsal que comprometen desde el 30% del tejido se afecta una tarea espacial (laberinto de agua), que para ser resuelta requiere que el animal haga una representación del espacio. Mientras que con el mismo tipo de lesiones los animales son capaces de resolver una tarea de reconocimiento de objetos. Solo cuando las lesiones abarcaban del 75 al 100 % del hipocampo dorsal los animales tenían déficits en la ejecución de la tarea de reconocimiento de objetos. Estos autores concluyen que el hipocampo es importante para ambas memorias; sin embargo, en la tarea espacial se requiere más de la integridad del hipocampo que en la tarea de reconocimiento.

Recientemente en nuestro laboratorio hemos desarrollado un protocolo experimental que nos permitirá evaluar la consolidación de la información espacio-contextual (evento) donde aparecen los estímulos. La importancia de este protocolo radica en que nos permitirá estudiar la participación del hipocampo y de otras estructuras del lóbulo temporal, tales como las cortezas insular, perirrinal asi como la amígdala basolateral en la consolidación de la memoria de reconocimiento de contexto. El grupo piloto de esta tarea de reconocimiento de contexto muestra que los animales son capaces de discriminar el contexto en el que había sido presentado un estímulo previamente. En esta tarea los animales exploran más de un estímulo (familiar) que no habia sido presentado en un contexto. Nuestro siguiente objetivo es identificar cual es la participación de las cortezas insular, perirrinal, del hipocampo dorsal y otras estructuras del sistema límbico en la consolidación de la memoria de contexto.

En conclusión, la habilidad de reconocer los estímulos que ya habían sido previamente ingeridos o vistos es muy importante desde el punto de vista evolutivo. Sabemos que existen dos formas de memoria de reconocimiento, segura y aversiva, y que parece que están involucrados mecanismos diferenciales o mecanismos intracelulares diferentes para que se lleven acabo estos tipos de memorias. Como sabemos, la memoria segura involucra mecanismos de transmisión colinérgica y para la memoria aversiva se requiere además de los mecanismos colinérgicos los mecanismos glutamatérgicos y sus cascadas de eventos intracelulares para que se forme la memoria de largo plazo de estas memorias tanta aversivas como seguras. A pesar del importante avance que ha tenido el estudio de la memoria en las últimas décadas aun quedan muchas preguntas por responder para poder entender la verdadera naturaleza de este proceso, por lo que se requieren realizar mayores estudios que permitan revelar cuales son las estructuras y las moléculas involucradas en los mecanismos de la memoria. Esta información resultará de gran utilidad para diseñar terapias de recuperación y tratamientos para las enfermedades degenerativas de la memoria, a la vez que nos brindará un mayor entendimiento de uno de los mecanismos fundamentales de la naturaleza humana.

Por ultimo quisiera agradecer a aquellos que realizaron un postdoctorado en mi laboratorio, el Dr Guillaume Ferreira, ahora en la Universidad de Tours y las Dras. María Isabel Miranda y Martha Escobar que ahora ya están trabajando como investigadoras independientes en el Instituto de Neurobiología y en la Facultad de Psicología en la UNAM respectivamente, Israela Balderas, Ranier Gutiérrez, Leticia Ramírez-Lugo, Carlos Rodríguez Ortíz y Vanesa de la Cruz que son estudiantes de doctorado en mi laboratorio. Muchas gracias.

Lección Magistral 2005: Dra. Sylvia Alvarez de Curbelo

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Si no hemos de perder más tiempo en la solución de nuestro urgente e importantísimo problema del status , tenemos que modernizar nuestro concepto del problema. Hemos estado discutiendo reglas de tráfico para coches y carretas en tiempos de automóviles y aeroplanos. En la manera tradicional de considerar el asunto, confieso que me siento como un personaje obsoleto, como, digamos, un cochero en un hangar pensando sobre qué hierba será mejor darle al aeroplano. Como no hay tiempo que perder, vamos a modernizar el concepto del problema. Vamos a adaptarlo a la realidad que existe y no a la que no existe, ni a la que nostálgicamente quisiéramos que existiera.

Luis Muñoz Marín, 1946

CULTURAS DEL SUBSIDIO; CULTURAS DE LA EVASION: REFLEXIONES EN TORNO AL POPULISMO TARDIO EN PUERTO RICO

Silvia Alvarez Curbelo PhD

Lección Magistral dictada en la Universidad de Puerto Rico en Cayey, 15 de septiembre de 2005.

Junto al profundo y necesario dolor que amenaza ya con convertirse en fatiga mediática, los índices implacables de devastación en Nueva Orleáns y otras comunidades del Golfo de México azotadas por Katrina –una desgracia natural sólo a medias- proponen ineludibles umbrales de reflexividad colectiva y personal. Hace cuatro años, Estados Unidos dejó pasar una oportunidad de construir, desde la punzante herida a su hegemonía, marcos y lenguajes renovados de comprensión de una modernidad en colapso como las propias torres de Nueva York. Susan Sontag, cuya palabra firme y fino lente fotográfico echamos tanto de menos, se atrevió entonces a solicitar, en medio del miedo y la ira que organizaban opiniones y reacciones, el cumplimiento de ciertas obligaciones de la conciencia. Dijo entonces:

“La política, la política democrática – que conlleva el desacuerdo que nos lleva al candor- ha sido reemplazada por la psicoterapia. Por supuesto que debemos juntos llorar y observar el duelo. Pero no seamos estúpidos juntos. Un poco de conciencia histórica nos puede ayudar a comprender lo que nos ha pasado y lo que nos puede continuar pasando.”

Estas palabras cayeron en saco roto, en gran medida, porque unos medios estridentes y obnubilados por el terror, se cebaron sobre otra frase en la misma declaración. Sontag decía que no había por qué llamar cobardes a los terroristas: “cualquier cosa menos cobardes”. Cobardía absoluta sí le parecían lo que todavía entonces eran bombardeos selectivos sobre Irak. Distinción de filigrana que no tenía nada que ver con adjudicaciones de valor pero que los sabuesos de Fox News se apresuraron a calificar de traición a la patria. Meses antes de morir, Sontag publicó Regarding the Pain of Others (En torno al dolor de los demás) en el que reflexionaba sobre la atrocidad - la del Holocausto, la de Ruanda, la de los linchamientos a negros en el Sur, la de septiembre 11).

¿Qué pide de nosotros una atrocidad, ese acto contundente de horror y sufrimiento? se preguntaba. No que la tildemos de infernal o de dantesca y que a renglón seguido rasguemos vestiduras y pensemos la modernidad como un catálogo de horrores: “Designar un infierno no nos dice absolutamente nada sobre cómo podemos extraer la gente de las llamas o cómo mitigar esas flamas”

Parecería que por mero respeto a la escala de lesa humanidad de las atrocidades antes mencionadas, las colas y peleas en las gasolineras del país, el cierre de la Universidad, el circo legislativo y las cacofonías mediáticas en un reciente Puerto Rico no cualifican como infiernos aunque sean infernales. Hay tal banalidad en todas esas ocurrencias que parecerían no estar en la misma liga que aquellos desastres. Pero, ¿quién dijo que la banalidad, la trivialización, no anida en los orígenes del totalitarismo, de la mentalidad fascista como lo descubre Hannh Arendt en su estudio de la figura de Adolf Eichmann, el oscuro burócrata, ejecutor de la solución final nazi?

Quizás sea propio atisbar en lo banal aquello que hay de trágico, de desastre ético, de inhibición de la razón o de truculencia de los sentimientos. Quizás lo importante sea que una vez comprendida, podamos superar la banalidad del desencanto así como también la banal changuería del consumidor, la superficialidad de la denuncia por la estridencia misma y el cinismo de la superioridad moral esgrimida por políticos, comentaristas improvisados, intelectuales fatigados y simultáneamente perezosos. Que convirtamos si no el sufrimiento ajeno, el propio, en conocimiento. Que nos preguntemos como se pregunta Sontag. ¿Qué causa lo que vemos, lo que oímos, lo que hacemos? ¿Quiénes somos responsables? ¿Es excusable? ¿Ha sido inevitable? ¿Hay algún estado de situación que hemos aceptado hasta ahora que debe ser cuestionado? Esta última pregunta cobija la reflexión sobre el populismo tardío que hoy me planteo ante ustedes.

Uno de los programas televisivos de mayor audiencia desde hace algunos años en este país se llama Super Exclusivo, que se transmite a una hora acotada tradicionalmente para noticieros vespertinos. La protagonista del programa lleva por nombre La Comay , apócope de comadre, esa identidad pre-política y pre-moderna insertada en el engranaje de pactos de la gran familia puertorriqueña que discurre en paralelo a las identidades modernas de ciudadanía.

La Comay es un hombre disfrazado, vestido con brillo y color barroco de mujer, labios grotescos que dominan una cara coronada por un pelo alborotado, imposible de domeñar. Su gestualidad como mujer bochinchera, excesiva, gritona, remite a nociones persistentes de la mujer como exceso insumiso que abundan tanto en los imaginarios letrados (por ejemplo en algunos de los textos del sociólogo del siglo XIX Salvador Brau) como en los imaginarios populares (desde los disfraces de las antiquísimas fiestas de Santiago en Loíza Aldea hasta manifestaciones más contemporáneas como La Gorda de Oro, Myrta Silva, pintada por Nick Quijano).

Lo que comenzó como un programa de chismes de farándula, se ha tornado en una operación de desmantelamiento del espacio público que fuera configurado por la modernización política y la conversión de sus remanentes en un espacio intermedio, algo así como una vecindad virtual, donde lo íntimo se publicita, donde lo privado se infringe y se convierte en comidilla de todos, donde lo cívico siempre está bajo escrutinio y escarnio. En La Comay todo se puede "ventear". Ventear es un arcaismo del idioma español que remite a la palabra venta - especie de hospedería popular como recordarán por Don Quijote-

¿Qué se "ventea" en La Comay? Se desnudan fundamentalmente los cuerpos políticos -partidos, instituciones, clase política- para ofrecerlos a la mofa espectacular morfados en pasiones desaforadas, lapsus freudianos, trabalenguas, orientaciones sexuales reprimidas, subastas femeninas, racializaciones sin recato, doble sentido. La Comay apunta, desde sus códigos de producción como de los códigos de reconocimiento de sus audiencias, a una cierta descomposición del proyecto de modernización cívica y política que tuvo lugar en Puerto Rico durante una porción considerable del siglo XX. Uso la palabra descomposición en un sentido parecido al de desgajar , es decir, un proceso que significa a la misma vez la destrucción de algo y su clarificación, desenrollarlo para intentar descubrir sus límites y fugas inscritas.

No quiero, en modo alguno, ver en La Comay un chivo expiatorio, la figura antropológica acuñada por René Girard que tiene como efecto hermenéutico el reducir lo complejo y enrarecido a una cifra simple. Estamos, me parece a mí, ante un proceso acelerado de reformulación cultural hegemónica en el que se han creado complicidades efectivas entre la clase política, los medios de comunicación en su calidad de oficiantes culturales y una mayoría social de espectadores y consumidores en torno a un proyecto moderno con avanzada esclerosis. Como toda articulación hegemónica, los puntos nodales son variados y flexibles; no todos los sujetos se encuentran en los mismos puntos pero sí hay confluencias estratégicas comunes lo suficientemente poderosas para constituir relatos e identidades compartidos.

Yo quisiera acotar una de esas confluencias críticas: la interpelación a un pretendido pueblo de Puerto Rico, entidad que La Comay convoca como pregonero medieval a oir las novedades en la comarca. ¿Quién es ese pueblo de Puerto Rico que sustenta la interpelación de la Comay, pero que también puede legitimar una carta pastoral del Arzobispo, una arenga política, un anuncio de pinturas en el cine?

A despecho de la literatura reciente, la nación no ha sido el discurso más vocalizado en Puerto Rico. Variaciones de pueblo y país han condensado con más insistencia nuestras representaciones de identidad colectiva. Las más de las veces estas construcciones de pueblo y de país han adoptado el lenguaje referencial de lo próximo, de la territorialidad más obvia. Hacia finales del siglo XVIII, ya se distinguían "los de la banda acá" de "los de la banda allá". En medio de las luchas criollas por el reconocimiento de derechos políticos y un espacio de gestión pública propia se hablaba, en el siglo XIX y en registro subversivo, de "los secos", (los puertorriqueños) y "los mojados" (los españoles que cruzaban el Océano). Estas identidades han sido canonizadas por una historiografía y una literatura que constituyen a Puerto Rico desde discursos de fundación como la armonía racial, el amor a la tierra natal y la gran familia puertorriqueña.

No obstante, el pueblo de Puerto Rico, como todas las identidades colectivas, ha sido constituido también desde el terror: miedo a las subversiones corporales y a las diferencias indomesticables. Para disciplinar esos terrores que, como manchas que no salen pueden emerger a la menor provocación, se han dedicado operativos de contención, sublimación y domesticación con resultados variados.

El Velorio , la obra más reconocida de Francisco Oller, nos da una rica clave del miedo al desorden, la indeterminación, la feminización y la enfermedad, que coexistía junto al afán de modernidad liberal. Por otro lado, otra importante pintura del mismo Oller, el retrato del negro tabaquero Rafael Cordero, que impartía clases gratuitas a niños blancos y de color, a ricos y a pobres, resume mucho de la mitigación de esos terrores mediante enaltecedores discursos pacificadores y disciplinantes.

En 1898, en un terreno fluido, abonado por los resentimientos acumulados durante el régimen español agotado y las esperanzas respecto al rutilante invasor, se dispuso una nueva secuencia de resignificación del Pueblo de Puerto Rico. Lejos de disminuir, el encuadre disciplinario se acrecienta con imperativos combinados de salud pública, filantropía colonial, ética puritana que abonaban a la nativización de los sujetos coloniales. Sus cuerpos, marcados por la uncinariasis y la muerte, son los signos de una cotidianidad inferior y peligrosa que debe ser resuelta mediante la imposición de un orden.

Al cabo de un poco más de tres décadas de soberanía norteamericana, el balance de este proceso era mixto. Se había ampliado la franquicia cívica pero los contingentes populares se tornaban clientelas de los partidos tradicionales; índices importantes de mortandad se habían superado pero enfermedades producto del hambre y el hacinamiento irónicamente habían mermado la expectativa de vida en 1934 a 34 años; se habían construido miles de kilómetros de carreteras y la educación se había extendido a miles de niños pero el monocultivo azucarero condenaba a miles de campesinos a la inmovilidad, a la expropiación y recetaba salarios de hambre y conformidad política a los sectores medios emergentes.

¿Cómo romper ese nudo gordiano que condenaba al Pueblo de Puerto Rico a ser cuerpo para la enfermedad, la plusvalía y el clientelismo?

Planteo que es la propuesta populista modernizante de mediados de los treinta las que logra reconstituir al pueblo de Puerto Rico mediante su capacidad fascinante y movilizadora de producir un relato, una mitografía que produjo sujetos cívicos donde anteriormente había cuerpos dolientes, negados al deseo. A partir de la década de los treinta, el populismo puertorriqueño fue dejando sin poder de convocatoria a otras propuestas. Como en el mito más arcaico, su visión de la historia, sus relatos legitimadores estuvieron mediados por una energía épica, una lucha contra enemigos extraordinarios y por la promesa de grandes y redentoras conquistas.

Los discursos re-fundacionales de Luis Muñoz Marín enuncian desde la voz del profeta, la más autoritaria y seductora de las voces. No el profeta de la calamidad y del apocalipsis, más cercano a la discursiva de disolución de Albizu Campos, sino el profeta de la buena nueva. En un discurso como aquél pronunciado días antes de las elecciones de 1940, LMM dictó una visión de la historia en la que partía a Puerto Rico en un antes y en un después, marcada por las figuras retóricas del tiempo muerto y el tiempo de la nueva semilla; por el aliento transformador de la palabra iluminada que el había regado, como el sembrador, por barrios, campos, ciudades y jaldas y que le tocaba al pueblo recoger en el día de las elecciones.

Propongo, sin embargo, que ese aliento iconoclasta y transformador, mantenía larvado un ademán autoritario que inhibió el crecimiento de una sociedad civil robusta. El caudal carismático del líder desbordado en el Estado naciente, derivó en legislaciones y talante de avanzada pero en también en quisquillosas formas, en un sustituto moderno de la hacienda, la plantación, la Iglesia, la casa patriarcal. Qué no haya duda alguna. Los haberes del populismo son magníficos: la dignificación del voto, la extensión de un estado de derecho a todos los sectores de la población, la creación de instituciones que liberaron la gestión pública del azar y del arbitrio, la extinción de servidumbres económicas y sociales. No obstante, en una combinación inédita, el populismo nos condujo en simultáneo a una modernidad optimista y liberada de retrancas de la historia y del espíritu y a una modernidad sospechosa de la disidencia y de la diferencia. Las estrategias de cuido para que el proyecto modernizador no se despeñara o sucumbiera a manos de sus detractores no hicieron sino estimular operativos de infantilización ciudadana. El régimen mitigó los miedos de los ricos y educados a la intranquilidad social y al desboque de las masas y activó las esperanzas de sectores secularmente privados de inventarios materiales y accesos sociales. Tales miedos y esperanzas encontraron resolución política y cultural en el dirigismo y el continuismo.

¿Cuánto de estas paradojas se cruzaron y se cruzan aún en proyectos populistas admirables como el Instituto de Cultura, la escuela puertorriqueña, la erradicación de los arrabales y las iniciativas de vivienda pública, la División de Educación a la Comunidad, la televisión pública; la industrialización? ¿En qué medida esa cohabitación de modernidad y autoritarismo explica las crisis de legitimidad y gobernabilidad que comienza a advertirse en el proyecto populista apenas dos décadas después de su despegue? ¿Qué pasa cuando se agota la voz patriarcal o cuando otros caudillos roban el Santo Grial y se presentan como nuevos profetas? ¿De qué maneras el populismo es una plataforma para culturas del subsidio, y para culturas de la evasión que se oxigenan entre nuevas dependencias, miedos, fantasías y ciudadanías infantilizadas?

Cayó el populismo en algunas trampas que habrían de costarnos mucho. Una de ellas fue decretar sentencias de muerte sobre el tiempo anterior a su advenimiento. El futuro quedó privilegiado por sobre un pasado que ciertamente arrastraba injusticias y desigualdades insostenibles pero también comportaba memorias e inventarios sociales de proporción y escala amable. Como aconteció en tantas latitudes, la seducción de los futuros se acompañó con una disposición de tábula rasa que animó desastres en todos los órdenes, que desestimó ritualidades, ritmos y recorridos.

Pienso en esas mermas, en esas evasiones de la memoria social y no por ridículos preservacionismos que le asignan mayor valor al pasado y miran con desdén lo contemporáneo. Es que siento que la especie humana no puede sólo significarse desde los vuelos a futuros como nos ocurrió en el despegue populista y menos aún desde los riesgos de lo inmediato que son los horizontes que nos proponen los titulares radiales y el noticiero 24 horas y por los que colamos las experiencias y agendas de nuestras vidas. ¿Por qué no convidar otras mediaciones que filtren opciones colectivas e individuales más allá de la bala perdida, el agobio vehicular, el virus del día, la bomba en el avión o la inundación repentina o más acá del pasadismo que nos transporta a edades de oro que nunca ocurrieron?

El quebranto de la memoria social no se limitó a ese momento épico y necesario del populismo en que desmontamos estructuras y conductas anquilosadas para que emergieran los frutos apetecidos de la modernidad. En la medida en que el consumo se plantó cada vez más como organizador de experiencias y horizontes, la frágil memoria social se tornó en desechable, a resucitar sólo en la forma de la nostalgia o de una moda retro. Si el eje del consumo es la novedad, es decir, la renovación insistente de bienes y deseos, el lugar de la memoria social como uno de los estructurantes de la vida cotidiana se desvanece. Los reemplazos continuos mantienen la circulación constante de nuevas camadas de imágenes, nombres y referencias ahora con fechas inapelables de caducidad.

Desactivado el vínculo con la memoria interior profunda, disminuyó también la capacidad de generar en nosotros mismos mundos posibles. Si queremos hoy imaginar otros mundos tenemos que recurrir a las simulaciones del blockbuster veraniego que casi siempre se decantan por la onda apocalítica a manos de megaolas, meteoritos o aliens. Los mundos posibles a los que me refiero y que cada vez nos son más difíciles de imaginar se labran desde el deseo y las fantasías pero también desde los saberes y las memorias de la tribu. Son proyectos de la palabra y los sentidos compartidos que no pueden ser tecnológicamente inducidos ni siquiera por el mejor programa de realidad virtual.

En su evasión de la memoria social –explicable por lo vertiginoso del cambio, por lo contundente de los tránsitos y de las expulsiones (recordemos la emigración de un cuarto de millón de puertorriqueños en menos de una década)- el populismo no nos condujo a la explosión sino a la implosión. Por ello, el Alzheimer es su metáfora triste. Y como si de algo nos quisieran alertar, tengamos en cuenta que sus pacientes podrán olvidar lo que se dijo un minuto atrás pero se aferran mientras pueden a fragmentos de memoria profunda que dan cuenta de lo que son.

Mientras se alzaban las estructuras emblemáticas de la modernización desarrollista y se dibujaba a marchas forzadas un mapa del progreso, los puertorriqueños comenzamos a ocupar nuevos territorios para nuestras vidas y transformamos en menos de un cuarto de siglo, las nociones de lo público y lo privado, de comunidad y sociedad, de centro y periferia, estimulados por horizontes de aspiraciones dictados por el capitalismo de servicio y la noción de estilos de vida. De esa manera, sin que pudiesen madurar los modos de la nueva sociedad democrática, sin aún sedimentarse las instituciones, sin completarse los proyectos de origen, cargando aún con las cohabitaciones patriarcales pero vaciada de memoria social, la modernización populista dejó atrás sus batallas épicas, significadas por la escasez y la lógica redistributiva de fortunas y oportunidades y entró en una secuencia de normalizaciones en la que sus transacciones ciudadanas estarían dictadas por la cultura del mercado. Quemamos etapas, quizás porque no había otro remedio y quedamos imantados a ritmos y apariencias del hiperdesarrollo cuando todavía estábamos aprendiendo a ser modernos.

En esta, si se quiere, modernidad inconclusa o pasmada se trastornaron para siempre nuestras geografías y memorias de lugar. Los protocolos de una planificación inteligente, con límites ecológicos justos, con equilibrios necesarios entre la precariedad de recursos y la justicia debida a las postergadas mayorías del país; entre las inevitables estandarizaciones y el respeto a las diversidades e idionsicracias quedaron en posposición.

Pero, eventualmente, también e l futuro, tiempo de nuestras aspiraciones, se desinfló como se desinflaron las grandes utopías totalizadoras del progreso o de la revolución. Los fragmentos de la sociedad moderna que nunca llegamos a ser, que se quedó a medio cocinar, han sido capturados por otras seducciones, por el tiempo eterno de la evasión religiosa; por la evasión incesante del reino de lo inmediato – el que venga detrás que arree- , por la compensatoria evasión de la moda, por la estridencia de La Comay.

Las culturas de la evasión se generan desde muchas matrices culturales. Se puede apuntar a una cimarronería de los comportamientos que modela las relaciones entre ciudadanos y Estado en Puerto Rico desde hace siglos. Burlar a la autoridad, burlar al poderoso es picaresca que se recicla constantemente; otras matrices como la corrupción generalizada que se impuso en los ochenta y noventa y la privatización creciente de las vidas responden al debilitamiento de las identidades cívicas cuando sus anclajes: el Estado bienestar y el pacto social pierden su capacidad de significar nuestras acciones y alimentar nuestras fantasías de totalidad.

Se camuflan las culturas de la evasión detrás de vocabularios tecnológicos, privatizaciones institucionales y personales, operativos de autoayuda psicológicos, religiosos, gimnásticos, psicotrópicos, nutricionales y médicos, entre otros. Paulo Coelho se torna en el autor más vendido y las vueltas al pasado (que ya se permiten) se renuevan en forma de sabidurías y terapias ancestrales que se venden en Border's o en hiperrealidades tipo Las Vegas,( por qué acercarme a las aguas sucias de Venecia si me puedo quedar en el impoluto Hotel Venetian, subirme a una góndola y además jugar en las maquinitas).

El carro alado del progreso nunca pudo serenarse; quedó eso sí el gesto del Estado, amuecado por la burocratización y las exigencias atropellantes del mercado y de los ciudadanos, ahora constituidos primariamente como consumidores. Desde las nuevas gramáticas de la seducción, las políticas de redistribución e inversión social se reconvirtieron en políticas de subsidio. El Pueblo de Puerto Rico como fantasmagoría subsidiada se constituye en el desesperado intento del populismo por extender su hegemonía, representada por un Estado gordiflón y pastoso.

No fue sólo esa mentalidad que el poeta llama pitiyanqui la que elucubró “La estadidad es para los pobres”, condensación por excelencia de la cultura del subsidio. Si la compra de mantengo, los excedentes de mantequilla y queso, los $7.50 de Bienestar Público estaban todavía cercanos a las justas batallas contra la escasez y el hambre lacerantes de la Gran Depresión, los proyectos de la guerra contra la pobreza que se instalan hacia finales de los sesenta se tornarán en lo fundamental en apaciguadores de contradicciones sociales hasta que el mercado disponga su resolución. La infantilización ciudadana que acompañó el despegue populista fue, malgré lui, el perfecto caldo de cultivo para la emergencia del subsidio como estilo de vida.

Ciertamente, las consecuencias simbólicas, es decir en la zona donde se cuajan las categorías con las que construimos nuestra realidad y la dotamos de sentido, son contundentes. Afectan nociones de trabajo, de responsabilidad cívica, no sólo del pueblo más deprimido sino de todos. El subsidio se esparce viralmente como gramática cotidiana y termina por informar los ritos electorales, la gestión de la cultura y el rol del Estado en nuestras vidas. Infladas las redes burocráticas al convertirse su crecimiento en solución para el desempleo y como banco para cobrar patronazgos y clientelismos, el Estado se mueve torpe con nóminas inmanejables. Posiblemente, la hiperinflación que sufre hoy nuestro país haya comenzado con la elevación de precios gestada en las contrataciones y convenios públicos.

Los tiempos y actitudes del neoliberalismo representan una especie de apoteosis cínica y grosera de este giro. Los robos a la confianza y las arcas públicas, la puñalada a las decencias del país a manos de los propios encargados del Estado, ocurrieron con altas cotas de impunidad ante la displicencia de una parte sustancial de la sociedad subsidiada. La lentitud de la justicia respecto a los perpetradores encuentra mayor explicación en el proceso de naturalización que ha convertido a la cultura del subsidio en el principal nexo entre el Pueblo de Puerto Rico y el Estado. No les extrañen las malas notas a un gobernante que es el que puede dar y amenaza con quitar y las buenas notas a otros que son promesas de subsidio.

Por otro lado, las culturas de subsidio asignan privilegios al mercado que no le admiten al Estado. Una huelga frente a una compañía de celulares es impensable aunque los servicios encarezcan pero sí es posible cuando se aumentan las tarifas universitarias. Recientemente quedé en una pieza cuando comerciantes del Viejo San Juan pedían subvenciones para mantener limpios los exteriores de sus comercios. Un cadáver insepulto, dice Carlos Gil, animado frankestianamente por lenguajes que remiten por igual a la Mafia y al fascismo.

El avance de la corrupción corre paralelo al avance de las culturas de la evasión y el subsidio y a la merma en la memoria social. No se salva en este paroxismo ni aquellos reductos que se imaginaban a salvo por el alto contenido utópico y ético de sus basamentos como la escuela puertorriqueña. No me hables de lo justo ni de lo injusto.Pues, mi diploma está firma'o por un corrupto , canta Eddie Dee en el rap “Censurarme por ser rapero". Fue entonces que el Estado creó su propia zona cero: el pacto social yacía quebrado. Pero estas son quizás las evasiones más connotadas, las que alcanzan los medios y quedan espectacularizadas y por ello, irónicamente, menos capaces de asumirse por los ciudadanos de a pié.

Una atmósfera de desencanto se ha posado sobre Puerto Rico. A ello ha contribuido una situación económica difícil cuyas causas complejas no deberían, pero sí lo hacen, metaforizarse en los precios diarios de la gasolina. Se suma un sentido de inseguridad representado por la aparente ubicuidad del crimen y la impotencia de los cuerpos de orden y las estrategias de contención. Sobredimensionada la criminalidad por una opinión pública atemorizada, se pierde de vista el mapa social congestionado que la activa. Ante los pronósticos catastróficos, se piden soluciones mágicas que tienen como blanco más al rival electoral que al mal social.

Los imperativos de lo inmediato y la farandulización de la clase política conspiran para convertir ese desencanto en melodrama. Culpar a la ineptitud y el primitivismo de mucha de la clase política por las vicisitudes públicas y privadas es cómodo porque se hace uso de códigos melodramáticos, narrativamente maniqueos. Tanto las culturas del subsidio como las culturas de la evasión rizoman en simplificaciones, en la estereotipación, en la neoignorancia de los que forman sus opiniones oyendo y recibiendo foetazos radiales y palos no tan limpios. No tenemos excusa si no pedimos explicaciones claras y a tiempo pero tampoco si cuando las ofrecen no leemos, no oímos y nos refocilamos en el rumor. De eso, entre otras cosas, se trata lo que Richard Sennett llama la corrosión del carácter.

He intentado lejos de adjudicar culpas y situarme en espacios fatuos de transparencia, cumplir con ciertas obligaciones de conciencia que asumo como intelectual pública. Quiero contribuir como lo están haciendo otros puertorriqueños a develar las condiciones de posibilidad para los escenarios y prácticas ciudadanas que constituyen nuestra cotidianidad . Así mismo, contribuir a identificar las condiciones de reconocimiento que posibilitan que hayamos sustituido paradigmas de vida y trabajo por otros; que confundamos la educación en Puerto Rico con los baños y la pintura de las escuelas; y que impiden que los sindicatos asuman un mundo donde ya no hay necesidad de tanta gente para producir bienes y dar servicios y que los gremios empresariales escatimen con la seguridad física y social de sus trabajadores.

Jesús Martín Barbero le ha señalado a las universidades un rol inaplazable e indelegable. Deben ser lugares de experimentación social, donde se crucen las aventuras más osadas del saber con la generación de significados y prácticas que superen los callejones de salida de la modernidad colapsada. A mi entender, pasa por desechar dilemas inoperantes y demagógicos entre lo popular y lo elitista; entre la educación con utilidad laboral y una que se desplaza sin pulsar entornos ni tocar bases; entre la afirmación nacional y una actitud cosmopolita; entre el radical chic del marginalismo y el posmo chic de que la culpa de todo la tiene el nacionalismo y el mall. Asumir, en lugar de binarismos cursis y guerras de posiciones a ultranza, nuevas flexibilidades y a la vez nuevas responsabilidades. Si no queremos como anuncia el título del libro del filósofo español José Antonio Marina ver la inteligencia fracasada, se impone que nos sacudamos, como él también recomienda, de la rigidez interior y que reconquistemos un espíritu de cambio. Dejar atrás las culturas del subsidio y las culturas de la evasión, atraviesa en la Universidad por dejar atrás los clisés, los portones y los oídos cerrados, las ganserías y los protagonismos, los cinismos y las actitudes apocalípticas, las culturas del cotejo y de las reuniones sin fin, convocadas cada mes para decirse lo mismo, las peticiones de documentos que no se habrán de leer pero que se seguirán pidiendo, la petición presupuestaria en sustitución de la creatividad. Frenando estupideces personales y colectivas quizás podamos darle un chance, como diría Irma Rivera Nieves, a una nueva versión, más allá de la evasión y del subsidio, de El Pueblo de Puerto Rico.

Lección Magistral 2006: Dr. Efraín Barradas Feliciano

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“Si Aristóteles hubiera guisado…”
o de cómo el saber también entra por la cocina

Si Aristóteles hubiera guisado,
mucho más hubiera escrito.

Sor Juana Inés de la Cruz,
Respuesta de la poestisa a la muy ilustre
Sor Filotea de la Cruz

(A Susan Homar, por las lecciones de cocina y por todas las otras)

I. Aprender y enseñar.

Dar las gracias por la invitación que el Senado Académico de este recinto universitario me ha hecho no es tarea fácil. No lo es porque no hallo forma de igualar mi expresión de agradecimiento a la magnitud del honor que se me confiere. Tampoco lo es porque la oportunidad de estar hoy aquí con ustedes me pone en una situación en la que nunca antes había estado. Por supuesto que he dado conferencias anteriormente en mi carrera universitaria, carrera que comenzó, para mi ventaja y honor, en la Universidad de Puerto Rico hace más de cuarenta años. ¿Por qué se hace tan difícil, pues, el agradecimiento? El problema reside justamente en la denominación que se le da a esta conferencia, “lección magistral”. Esta designación me hace dudar muy seriamente si tengo la capacidad para cumplir con la encomienda: ¿soy capaz de ofrecer una lección magistral?

Confieso que la tentación de poder estar aquí hoy con ustedes, con amigos y colegas que conozco desde mis años de estudiante en Río Piedras, y con otros cuyo renombre, aunque no su persona, me era conocido fue lo que me llevó a aceptar la invitación desde el momento que me llegó la primera noticia en un mensaje electrónico de Isabel Garayta. Pero, desde entonces, sufrí y volví a sufrir un ataque de pánico contenido: ¿cómo iba yo a ocupar el lugar que habían ocupado algunos de mis maestros y muchos que no lo fueron pero a quienes reconozco y admiro por su verdadera maestría? ¿Cómo iba yo a dar una lección magistral? La respuesta a estas preguntas o, mejor, la salida de este aprieto se me hizo fácil de formular una vez comencé a trabajar en la conferencia. Se me pedía – me dije – una lección magistral sólo en cuanto soy maestro. En otras palabras, se me pedía en verdad una lección magisterial. Cambié así y un poco el sentido del adjetivo y comencé a decirme que no se me pedía algo que se distinguiera por ser producto de quien ha alcanzado el alto título de maestro; se me pedía, en cambio, sólo una lección digna de alguien que ha ejercido por años el magisterio, o sea, el oficio de profesor. Por ello, la lección que hoy les ofrezco no es ella misma magistral; es sólo magisterial y lo es porque la ofrezco yo, que he sido y soy maestro. Sólo así pude enfrentarme a la pantalla en blanco y comenzar a escribir. Sólo entonces logré la calma suficiente para pensar en otra idea que me ha valido para sobrevivir durante toda mi carrera universitaria y es, probablemente, la única lección magistral que les puedo ofrecer hoy a los jóvenes alumnos que me escuchan. Esta lección es muy sencillay profunda aunque parezca absurda: la mejor forma de aprender es enseñar.

Más que una contradicción de acomodo o una aporía con fines picarescos, ésta es una paradoja muy práctica: la mejor forma de aprender es enseñar, repito. Desde que comencé mi carreta en 1968 – año que marcó por muchas razones profundamente mi vida como ser humano, especialmente como intelectual – me di cuenta que cuando enseñaba aprendía lo que creía saber pero que, en verdad no sabía hasta que no se lo explicaba a otros. Creo que todo lo que he escrito – o casi todo – ha surgido de mi deseo de comunicarles a otros las cosas que me atraen, me preocupan, me intrigan y me obsesionan. Escribo para compartir con otros y en ese proceso es que en verdad aprendo.

Esta sencilla idea me llevó a determinar el tema de la lección de hoy. Decidí que compartiría con ustedes un ejemplo de la forma como aprendo. Y, como ya dije, aprendo enseñado; aprendo cuando adopto la persona del maestro. Recordemos el origen de la palabra “persona”. Nos dice nuestro siempre fiel Corominas que persona era la máscara que se ponían los actores del teatro clásico, máscara que escondía una especie de megáfono que les permitía proyectar mejor la voz: para sonar, per sonare, persona, personaje. Y así es: cuando damos una clase nos ponemos la máscara – asumimos la persona – del maestro. Pero comenzamos a usar la magistral máscara magisterial desde que nos aislamos del mundanal ruido para organizar las ideas que vamos a exponer más tarde frente a nuestros alumnos.

Para explicarles de forma más efectiva estas ideas que, si sólo las expreso de esta manera, pueden caer en la abstracción o, peor, en la vaguedad, déjenme presentarles un caso concreto de cómo he ido aprendiendo porque me he visto obligado a enseñar. Para poder hacerlo, tengo que ser un poco autobiográfico y, por ello, le pido disculpas.

II. Saber y sabor.

Me remonto al ya lejano 1971. Era yo entonces un pobre estudiante graduado en el Departamento de Estudios Hispánicos de la Universidad de Puerto Rico en Río Piedras. A la vez, enseñaba una sección de un curso de introducción a los géneros literarios y me desempañaba como ayudante de cátedra de Francisco Manrique Cabrera, el autor de la que usualmente se considera la primera historia de la literatura puertorriqueña. Lo poco que ganaba con este empleo era la totalidad de mis ingresos porque ya había declarado mi independencia económica de mis padres, quienes sólo me habían podido costear mis estudios de bachillerato. Como todo pobre estudiante graduado, me paseaba frecuentemente por las librerías pero con muy poca frecuencia podía comprar alguno de los libros que golosamente examinaba. Un día, casi al final del año académico 1970-71, hace unos 35 años, vi en una de esas excursiones bibliográficas un libro que se acababa de publicar. Se titulaba El cocinero puertorriqueño y era una nueva edición del que se supone que sea el primer libro de cocina o recetario boricua. Esta nueva impresión aparecía bajo el sello de la Editorial Coquí y con un prólogo de Emilio M. Colón, el director de dicha empresa. En la introducción éste decía que el libro había aparecido originalmente en 1859, que había una segunda edición y que sólo se conservaba un ejemplar de la tercera, de 1890, publicada en Puerto Rico en la Imprenta Acosta, la más importante casa editorial boricua del siglo XIX. Colón nos informaba que no se conocía ningún ejemplar de la primera edición pero que sabíamos que había aparecido 1859 porque un erudito mayagüezano, Manuel María Sama, publicó en 1887 una bibliografía de libros puertorriqueños donde nos informa de ella. Si la de 1890 era la tercera edición, debió haber una segunda, pero no sabemos cuándo apareció. Hoy sólo tenemos una copia de la tercera edición que se conserva entre los libros raros de la Colección Puertorriqueña de la Biblioteca Lázaro en Río Piedras. La edición de 1971 era, pues, la cuarta y yo la hojeé ávidamente en las librerías pero no la compré porque no tenía dinero. Eso sí, la puse en la lista mental de libros que tenía que adquirir algún día.

Por cuatro años más continuaron los míos de pobre estudiante graduado. Cuando comencé a trabajar el libro ya no se conseguía. Así que me olvidé de El cocinero puertorriqueño hasta hace dos años, cuando apareció la quinta edición. En un viaje a la Isla la hallé y no titubeé un minuto; compré una copia que devoré – y aquí el verbo es muy apropiado –. La lectura abrió muchas puertas y sucitó mayores preguntas. ¿Por qué si hubo tres ediciones de este libro en el siglo XIX sólo tenemos un ejemplar de la 1890? ¿Quién fue el autor o la autora de este libro tan popular que mereció tres ediciones, caso único en nuestra historia editorial? Ningún otro libro boricua del siglo XIX tuvo tantas en el espacio de 21 años: ni El jíbaro , ni La charca , ni la poesía de Gautier Benítez, todos clásicos desde su aparición. Este fue obviamente un libro muy popular. ¿Por qué, entonces, sabemos tan poco del mismo? El saber sobre el sabor no se concretada en conocimiento; se difundía en dudas y había que aclarar por qué.

III. Cuba y Puerto Rico eran.

Estas preguntas me llevaron a comenzar una investigación sobre nuestro primer recetario. Pero no sabía por dónde comenzar. La clave para iniciar la pesquiza me la ofreció el editor de la quinta edición de El coninero puertorriqueño , José Carvajal, quien dice en el prólogo a ésta que había un libro paralelo al nuestro en Cuba, el Manual del cocinero cubano y que éste había aparecido en 1856, tres años antes que el nuestro. Pero José Luis Díaz de Villega, un entusiasta comentarista de la cocina caribeña, dice en otro texto que nuestro primer libro de cocina era meramente una adaptación del cubano. Ni Carvajal ni Díaz de Villega explica cómo llegó a esta observación. Pero este dato me llevó a buscar una copia de ese otro recetario antillano. Exploré los catálogos de cuanta biblioteca caribeña, estadounidense, latinoamericana y española al que tuve acceso a través del Internet. Nada hallé. La fuente más obvia era la Biblioteca Nacional José Martí de La Habana pero ésta no tiene un catálogo en línea. Así que me aventuré a enviar un correo electrónico a esa institución con la esperanza de que alguien me respondiera. Tres semanas más tarde recibí la añorada respuesta: se me informaba que la biblioteca tiene una única copia de la segunda edición del libro, de 1857. Pero lo que me hizo saltar de la bañera, como un Arquímides cualquiera, fue que la gentil y colaboradora bibliotecaria cubana me daba el título completo del libro que todo sus estudiosos llaman solamente Manual del cocinero cubano y que dicen es anónimo. Ahí estaba en el correo electrónico que recibía de Cuba el título completo de ese recetario: Manual del cocinero cubano: repertorio completo y escogido de los mejores tratados modernos del arte de cocina por Don Eugenio Coloma y Garcés . ¿Por qué nadie había dado el título completo? ¿Por qué sólo habían dado la primera parte? Creo que muy pocas personas han vuelto a estudiar este texto y por eso sólo citan el título por otras fuentes y de manera incompleta. Pero, ¿quién era este señor de dos apellidos unidos por una aristocrática conjunción que se había dignado a publicar el primer recetario cubano? ¿Qué relación existía de verdad entre éste y nuestro primer libro de cocina? Al menos ya tenía una nueva clave: sabía quién había escrito o recopilado el primer libro de cocina cubano, libro que ya algunos emparentaban con el nuestro.

Este nuevo dato me llevó a nuevas pesquizas bibliográficas y a enterarme, por una mínima nota en la vieja Enciclopedia Ilustrada de Espasa Calpe, que Coloma y Garcés fue un español que vivió gran parte de su vida en Cuba (no sabemos sus fechas vitales) y que publicó todo tipo de manuales, incluyendo uno de derecho que se utilizó como libro de texto en la Universidad de La Habana hasta principios del siglo XX. En la colección de libros raros de la biblioteca de la Universidad de la Florida se atesoran varios de sus libros, pero no el de cocina. De nuevo, por la casi magia del Internet, descubrí que la British Library, esa babélica biblioteca donde Karl Marx pasó días y días haciendo la investigación para El capital , tenía la única copia que conocemos de la primera edición del manual de cocina cubano, la edición de 1856. Para este punto ya había contagiado con mi entusiasmo a todos los bibliotecarios de la colección latinoamericana de la biblioteca de la Universidad de la Florida y éstos se ofrecieron a conseguirme un micro-film del libro. Se pusieron de inmediato en contacto con sus colegas británicos y a la semana recibimos un correo electrónico que nos aclaraba que no podían enviar un micro-film porque en un bombardeo alemán durante la Segunda Guerra Mundial la única copia del Manual del cocinero cubano que atesoraba la British Library se había quemado junto con cientos de otras joyas bibliográficas. (Pensar en los tesoros que se pierden en Irak y el Líbano justo mientras escribo estas líneas…)

Como el gobernador de la Florida, hermano del señor presidente de los Estados Unidos, ha pasado una ley que prohibe que los profesores de las universidades de su estado, entre los que me encuentro, viajemos a cualquier país enemigo, léase Cuba, para hacer investigación, por el momento ver el libro en La Habana se me hace difícil. Y ya que no existía la otra copia en Londres, decidí buscar otras rutas para resolver el enigma de estos libros, aunque espero llegar a ver ese libro en la Biblioteca José Martí pronto. (Escribo estas líneas cuando comienzan los rumores sobre eminentes cambios en la sociedad cubana…) Pero había que continuar la búsqueda, aunque fuera por otras vías.

(Como pueden ver, uno de los rasgos de un investigador y de un profesor es la obsesión. Lo que investigamos y lo que enseñamos nos importa tanto que otros hasta pueden llegar a pensar que hemos perdido la razón. La razón de la sinrazón nos convierte en quijotes del conocimiento y de la enseñanza.)

Obsesivamente, pues, busqué todo lo que podía hallar sobre alimentación y cocina en el Caribe para aclarar el problema de los recetarios cubano y puertorriqueño. El azar y los excelentes fondos de la colección latinoamericana de la biblioteca de la Universidad de la Florida me pusieron en las manos un texto de pocos méritos pero clave para mi trabajo cuasi detectivesco. Se trata de un libro titulado Gastronomía caribeña escrito por un venezolano, José Rafael Lovera, y publicado en Caracas en 1991. La primera parte de este libro consiste de un comentario sobre la dieta de los países del Caribe desde la perspectiva de un nutricionista. Esta primera parte del libro no tenía gran interés para mí, pero la segunda me llevó a dar otro salto clásico en la imaginaria bañera de los descubrimientos pues Lovera recoge recetas de cinco libros de cocina del XIX: un libro guatemalteco de 1844, uno de Trinidad del 1900, uno venezolano de 1861, veintitrés recetas del Manual del cocinero cubano , y treinta y cinco de El cocinero puertorriqueño . Leí con avidez esas veintitrés recetas del libro cubano. Y la sorpresa fue grande pues éstas me parecía muy familiares. Saqué mi copia del recetario puerorriqueño y – sorpresa de sorpresa, todo es sorpresa – hallé que esas 23 recetas se incluían en el recetario nuestro y que eran idénticas en ambos, palabra por palabra. Aunque todavía no he podido hacer la comparación completa de los dos recetarios, la paridad de estas recetas me lleva a concluir que el Manual del cocinero cubano y El cocinero puertorriqueño son uno y el mismo libro, obra de Eugenio Coloma y Garcés.

IV. La igualdad de las alas.

Había hecho un descubrimiento – sabía que nuestro primer recetario y el cubano eran un mismo libro y que éste era la obra de un español –pero el mismo hallazgo traía a su vez más dudas, más interrogantes, más misterios. Nada extraño hay en esto; así es toda investigación: abrimos una ventana, entra luz, pero por esa misma claridad descubrimos más áreas oscuras que debemos aclarar. Pero las dudas ahora eran muy serias. Los estudiosos de nuestro siglo XIX han visto en este momento el nacimiento de nuestra identidad como pueblo. Tanto Colón como Carvajal, en los prólogos a sus sendas ediciones de El cocinero puertorriqueño , destacan el nacionalismo evidente en este recetario que se presenta como muestra de que ya para entonces los puertorriqueños éramos un pueblo formado, pues hasta teníamos nuestra propia cocina. Pensemos por un momento en la fecha de la primera edición del libro de cocina boricua: 1859. Éste apareció diez años después del primer clásico de la literatura puertorriqueña, El jíbaro de Manuel Alonso, texto que todavía usamos para marcar el comienzo de nuestras letras y el despertar de una conciencia nacional. Recordemos que Pedreira postula que El jíbaro es nuestro Mío Cid , nuestro Martín Fierro . Recordemos también que nuestro primer recetario apareció nueve años antes del Grito de Lares, el movimiento que marca la evidentísima presencia de un grupo de puertorriqueños que intenta construir una nación y, para ello, intenta liberarse del poder metropolitano español. No cabe duda, pues, que nuestro primer libro de cocina es una manifestación más de una conciencia nacional y nacionalista.

Pero si nuestro primer recetario era una copia quizás pirateada de un libro cubano, ¿qué pasaba con esta imagen de nacionalismo que hasta imprimía su sello en la gastronomía? El Manual del cocinero cubano desempeñaba también la función de marcador del nacionalismo en la otra Antilla. Este caso no era tampoco muy distinto ni menos problemático que el nuestro ya que ese primer libro de cocina nacional era obra de un español, un individuo que, por la evidencia indirecta que he podido recoger sobre él, era funcionario gubernamental y defensor del dominio español sobre Cuba. Como no tenemos acceso a la primera edición de El cocinero puertorriqueño , no sabemos si allí aparecía o no el nombre de Coloma y Garcés. Sama, quien vio el libro, dice que es anónimo. Tampoco tenemos acceso a los archivos de la Imprenta Acosta, la casa editorial que publicó el libro puertorriqueño, así que no sabemos si hubo un acuerdo financiero entre el autor y la editorial sanjuanera o si se le cambió el título al libro cubano para venderlo como puertorriqueño.

Las preguntas eran más abundantes y más apremiantes que las respuestas. Me sentía metido en un sancocho bibliográfico, en un escabeche intelectual. Ya había descubierto que el libro cubano y el puertorriqueño eran idénticos o muy parecido, pero no podía establecer con claridad qué significaba todo esto. Tenía que distanciarme un poco del problema, tenía que buscar formas de verlo más fríamente para entenderlo mejor.

V. La historia inexistente de los libros de cocina.

Para cobrar distancia de mi investigación, para entender mejor el sentido de lo que estudiaba, decidí aprender algo más sobre los recetarios o libros de cocina. Descubrí, para mi asombro, que poco sabemos sobre esos textos. Sabemos, sí, que las primeras recetas que tenemos aparecen en tablillas de barro en alfabeto cuneiforme; que entre los greco-romanos el más famoso es el recetario recopilado por Apicio, quien vivió durante el reinado del emperador Tiberio; que los monjes medievales recopilaron muchas e importantes recetas; que en el Renacimiento los italianos nos dieron los primeros libros modernos de gastronomía; que el primer libro de cocina latinoamericano probablemente sea uno brasileño de principios de siglo XIX; que en ese siglo hubo un incremento en la publicación de este tipo de texto; que hoy en Amazon.com podemos hallar unos 17,000 libros de cocina a la venta; que en los Estados Unidos se publican unos 1,500 al años; que la Schlesinger Library en Radcliff College tiene la colección más grande del mundo de libros de cocina, con unos 16,000 ejemplares, aunque la colección se concentra en libros norteamericanos; que muy pocas bibliotecas les prestan la atención debida a los libros de cocina; y que no tenemos una historia ni un verdadero análisis de éstos.

Probablemente no hemos explorado este campo del saber y del sabor porque es un ámbito tradicionalmente asociado a lo femenino. Susan Leonardi, una de las mejores estudiosas de los libros de cocina como textos narrativos, se pregunta retóricamente si el dedicar su trabajo a estos textos no la desacredita ante los ojos de sus colegas, especialmente ante los de sus colegas varones. La misma pregunta me ha he hecho y me la sigo haciendo. ¿No creerán mis colegas, varones y hembras, y ustedes que he perdido la razón y, por ello, he dejado a estudiar novelas y poemarios para irme a divagar sobre libros de cocina? Es que tendemos a despreciar estos textos porque los concebimos como algo de poca monta. Recientemente ha habido intentos de ver los recetarios y la cocina en general como un ámbito de mayor relevancia, aunque a veces persiste en esos intentos la visión de lo gastronómico como algo que nunca cae en el centro de la discusión intelectual. Escritoras como Laura Esquivel – y tomo sólo un caso muy conocido – han tratado de darle a la comida y la cocina un lugar privilegiado, aunque al intentarlo identifican ese mundo con lo intuitivo y la magia. Pero esta táctica de re-valoración queda un tanto desvirtuada por la imitación del realismo mágico.

Mi investigación sobre los libros de cocina me dejó con poco pistas para continuar mi trabajo. Me di cuenta que éste está aun por estudiarse a fondo y que debía tener algo de cuidado al acercarme a estos textos porque son el producto de gente que escribe sobre comida desde la abundancia y desde el deseo de la innovación. En la inmensa mayoría de los casos, escriben, leen y consultan los libros de cocina los que tienen más que suficiente que comer. El cocinero puertorriqueño , obviamente, no era lectura de las jíbaras de Cayey ni de las negras de Cangrejos, sino de las señoras burguesas de San Juan y Ponce. Los libros de cocinas son el producto de una sociedad letrada que quiere sistematizar y controlar todo su mundo, hasta la alimentación. Por ello están escritos para y por la burguesía que vive en la abundancia y quiere dominar y marcar su ambiente. Estos libros no representan un retrato fiel de realidad grastronómica de un pueblo. Por eso para saber qué comían los puertorriqueños en 1859 tenemos que buscar otras fuentes, como diarios de viajeros, listas de importaciones de comestibles y libros de cuenta de comerciantes. Por ello el trabajo de Berta Cabanillas sobre la historia de la alimentación sigue siendo una herramienta útil para conocer nuestra historia gastronómica. (Aclaro que no he podido leer una reciente tesis doctoral sobre la alimentación en Puerto Rico escrita por el profesor Cruz M. Ortiz Cuadra; quizás ese trabajo aclare algunas de mis dudas.) A los libros de cocina nos tenemos que acercar con el mismo cuidado y temor con que un sicoanalista freudiano se acerca a los sueños de su paciente pues el recetario no dice directa ni claramente cual es la realidad sobre la alimentación en un momento sino cuáles son las fantasías y las obsesiones de los comensales de un periodo. Imagínense que un investigador del futuro quisiera describir lo que hoy se come en Puerto Rico y para ello usara los recetarios de Giovanna Huyke. Además de creer que todos los puertorriqueños escribimos un español casi macarónico, el cuadro que pintaría sobre nuestra alimentación estaría no completamente errado pero no sería fiel a la realidad. Con todas estas dudas y precauciones volví a El cocinero puertorriqueño .

VI. (Sexta y última parte) Para crear la nación.

Por cuestión de tiempo y de tácticas pedagógicas, no puedo compartir con ustedes todos los descubrimiento que he hecho sobre nuestro primer libro de cocina, pero sí creo importante ofrecerles una de las claves que me sirvió para entender mejor el sentido y la importancia de este curioso libro sobre el cual tanto nos falta por estudiar. La clave me la ofreció Benedict Anderson, el sociólogo estadounidense que ha dado un libro que nos ha servido para entender mejor el proceso de formación de una nación, proceso que él ve como el de imaginarse comunidades inexistentes. Anderson en el fondo sustenta sus ideas en las que ya Ernst Renan nos ofrecía en el siglo XIX en un breve y conciso ensayo que revela tanto sobre el proceso de creación de una nación como muchos libros que se publicaron posteriormente. Pero Anderson nos hace ver cómo se da ese proceso de invención o imaginación de la comunidad compartida. Según él, la nación surge cuando un grupo de intelectuales comienza a establecer y compartir unas lecturas canónicas y van imaginando su comunidad a través de ellas. Esos intelectuales comparten revistas, periódicos, novelas, poemas épicos y libros de historia donde se imaginan la comunidad que formará la nación. A esa lista de Anderson yo añado el recetario o libro de cocina. Propongo que casi siempre – en Hispanoamérica y en África así ocurre, aunque no en la India, por ejemplo – los criollos que crean la nación, aunque no necesariamente los intelectuales entre ellos, sienten la necesidad de inventarse una cocina nacional y para ello se valen de los libros de cocina.

Mi propuesta es simple pero creo útil y correcta: cuando una comunidad comienza a identificarse como nación tiene que inventarse una cocina, no en la manera de preparar los alimentos sino en la de nombrarlos y de reclamarlos como propios. Me explico. Por años, por décadas, hasta por siglos un grupo pudo estar preparando los alimentos que consumía de una manera particular. Así lo hacía y lo volvía a hacer sin tener conciencia de que esa era una forma propia de hacerlo. Entonces, en un momento específico, cuando la comunidad empieza a imaginarse como nación, esos platos adquieren nombre y se convierten en la cocina nacional. Una cocina nacional es una de las formas – una entre otras – en que la comunidad se auto-define y se reconoce como nación. No puedo entrar en detalles, pero sólo piensen en la expresión más típicamente puertorriqueña para identificar a una persona como perteneciente a nuestra comunidad imaginada, perteneciente a ésta aunque lo quiera negar: “tener la mancha de plátano”. La comida nos define como pueblo: no cabe duda de ello.

Eso precisamente fue lo que ocurrió en la década de 1850 en Cuba y Puerto Rico. Estas comunidades comenzaron a tener conciencia de sí misma como entidades distintas a la española. Eso lo veía hasta un astuto español que apoyaba el régimen colonial, Eugenio Coloma y Garcés. Coloma se inventó un recetario donde aparece con frecuencia el término criollo para definir platos que sirven a su vez para fijar lo nacional. La realidad era que la comida cubana y la puertorriqueña del momento no se diferenciaba tanto; aun hoy las diferencias entre las dos cocinas son mínimas y, en muchos casos, se centran en la nomenclatura. Las comunidades boricuas y cubanas de entonces se valieron del manual de Colona – manual que tenía muy poco de original pues como he podido comprobar recoge recetas que toma de otros libros – para definir su cocina, su forma de preparar los alimentos, y así definirse a sí mismo como una comunidad distinta a la metropolitana, a la española.

Este fenómeno se da en toda Hispanoamérica. Sólo que en esos otros países los libros de cocina aparecen después de la independencia, no antes, como en nuestro caso y el cubano. Por toda Hispanoamérica en el siglo XIX aparecen libros de cocina que declaran una identidad nacional. En 1831 en México, 1848 en Chile, en 1853 en Colombia, en 1861 en Venezuela, 1866 en Perú, en 1890 en Argentina. Lo curioso en que el caso cubano-puertorriqueño haya sido relativamente temprano: 1856/1859. Lo curioso también es que los cubanos y los puertorriqueños hayamos compartido un mismo primer libro de cocina, aunque así no se supiera en el momento. Pero de todas formas y como en el resto de Hispamoamérica, con Manual del cocinero cubano y El cocinero puertorriqueño , uno y el mismo libro, obra de un burócrata español que apoyaba el sistema colonial, nos definimos como comunidad imaginada o nación, y lo hacíamos a través de la cocina.

Quizás ahora vean por qué digo que no sólo el sabor sino el saber entra por la cocina y por qué también asevero que los recetarios son una forma válida y provechosa para conocer la realidad. Creo que debemos comenzar a darnos cuenta que, como universitarios, nos podemos acercar a cualquier realidad – la biológica, la económica, la sexual, la pictórica, la musical, la matemática – y de ella sacar provecho por un acercamiento inquisitivo que no toma esa realidad como algo dado y fijo sino como la materia prima que exploramos para inventarnos esa narrativa que llamamos el saber.

Eso es lo que nos hace universitarios: observarlo todo, cuestionarlo todo, no estar satisfecho con nada. En los últimos años eso mismo es lo que he ido haciendo con algo que para muchos es insignificante e inútil, los libros de cocina. Ustedes lo podrán hacer con algún otro aspecto de la realidad que les interese tanto como a mí me interesan o me obsesionan estos textos. Mi experiencia me llega a entender que el saber también entra por la cocina; y no me cabe duda de que puede hallarse en cualquier lugar. Los invito, pues, a buscarlo donde sea. Esa invitación quiere decir que los invito a ser universitarios. Y, desde ahora, les deseo ¡buen provecho! pues se enfrentan al infinito y suculento banquete del saber.

Efraín Barradas
Cayey
24 de agosto de 2006

Lección Magistral 2008 - Dr. Carlos Castillo Chávez

Comunicación del Presidente - Lección Magistral 2008 -Dr. Carlos Castillo Chávez